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martes, febrero 24, 2026
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Ismael Montoya…La sociedad actual

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La Sagrada Escritura nos dice que en el principio de los tiempos Dios creó al mundo y agregó: ¡Dios vio que todo lo que salía de sus manos era bueno! Después, para magnificar su obra, Dios creó al hombre a su imagen y semejanza, dotándolo de muchos privilegios sobrenaturales para su felicidad eterna.

Los primeros seres humanos: Adán y Eva precedieron a toda la raza humana, para la cual Dios les dio capacidad para dominar peces en el mar, aves en el cielo, los ganados y todo lo que vive sobre la Tierra, y aunque Adán y Eva se alejaron de Dios, él no dejó de considerarlos sus hijos.

Posteriormente, Dios deseó que las relaciones entre los hombres no fueran solo de vecindad ocasional, sino que fueran unos vínculos más fuertes que constituyeron el «cimiento» de la vida social. Entonces, la providencia divina creó la naturaleza social que permitió asociarse o unirse unos a otros para dar paso a una sociedad civil, y poder desarrollar lo necesario para defender la vida.

Ahora, el Concilio Vaticano II nos recuerda que el hombre es un ser social que no puede vivir sin unir y relacionar sus cualidades, y al relacionarse unos a otros, constituyó la sociedad como una organización de bien común.

Ahora bien, la sociedad es un medio que el hombre puede y debe usar para lograr sus objetivos, y es un medio ordinario que Dios quiere que usemos para que le sirvamos y podamos santificar los grupos sociales.

Es una fuente de bienes y también de obligaciones en los diversos lugares de nuestra existencia: familia, sociedad civil, trabajo y vecindad. Estas obligaciones conllevan un carácter moral y su cumplimiento nos acerca o separa de Dios.

En suma, la sociedad es materia del examen de conciencia de cada uno para el bien de todos. Pensemos: ¿Cumplimos con exactitud los deberes familiares y sociales? Pedimos al Señor Jesús saber: ¿Qué puedo hacer por los demás?, ¿Qué palabras puedo usar que sean ayuda o alivio?, ¿Cuánto queda por hacer y decir? Cada corazón, cada mente, tiene su momento.

Ahora ocurre que pasan los días y podemos pedir al Señor Jesús su ayuda, porque nos ve y oye: ¡Y así no caminaremos nunca de espaldas o indiferentes con quienes están a nuestro lado por muchas razones: familia, amistad, trabajo, etc!

Esta solidaridad nació por voluntad divina de Jesucristo, quien al asumir su naturaleza humana, redimió a todo ser humano en la cruz. Debemos, por tanto, tratar así a todo el que encontramos en nuestro diario caminar, quizás se trate de un hijo de Dios ignorante de su grandeza o en rebeldía contra su Padre, alejado de lo divino, aunque haya destellos de grandeza de Dios.

La noche anterior a la Pasión de Jesús, él nos dejó un mandamiento nuevo para superar agravios o rencores. Jesús dijo: ¡Este es mi mandamiento: Que os améis los unos a los otros como yo os he amado! O sea, sin límites, sin excusas o indiferencias. Así, la vida nuestra estará llena de poderosas razones para convivir socialmente y, al ser cristiano, la vida se vuelve más humana, porque no somos granos de arena dispersos, sino elementos ligados unos a otros por un sistema sobrenatural.

Parte importante de la moral son los deberes relacionados con el bien común de todos los hombres de la patria en que vivimos, de la empresa en que trabajamos, de la familia, objeto de nuestros desvelos, sea cual sea el lugar que ocupemos. Ahora, no es cristiano ni humano considerar estos deberes solo en la medida en que personalmente nos sean útiles o nos causen un perjuicio. Dios nos espera en el empeño, según nuestras posibilidades, y mejorar la sociedad y los hombres que la componen.

No agradaría a Dios si de algún modo hay desapego de quienes están a nuestro lado y si dejamos de ejercitar las virtudes cívicas y sociales, porque Cristo saldría al encuentro en nuestros hermanos los hombres, porque ninguna vida humana es una vida aislada, sino entrelazada con otras vidas. Ninguna persona es un verso suelto, sino que todos formamos parte de un mismo poema divino que Dios escribe con el concurso de nuestra libertad.

Examinemos nuestra vida personal: ¿Estamos contribuyendo al bien común de todos, si somos ejemplares en aquello que se relaciona con los deberes sociales cívicos? Cumplimos con las leyes del tránsito, tributos justos, participamos en asociaciones para ejercer el derecho al voto; si consideramos que necesitamos de los demás y, a la vez, los demás de nosotros, que puede ser causa de separación o no es ayuda para la convivencia.

La sociedad se desarrolla con la contribución de todos sus miembros; cada uno aporta lo que le es propio, lo que recibió del Señor y que incrementó con su inteligencia y la gracia de Dios, que nos sirve para el desarrollo de nuestra personalidad y también para el servicio al prójimo, contribuyendo al bien de todos.

Unas obligaciones son de estricta justicia y otras son exigencias de la caridad, que da más a cada uno de lo que estrictamente le corresponde, promoviendo instituciones públicas o privadas que sirvan para mejorar la vida del hombre.

¿Contribuyo al fomento del bien común apoyando iniciativas en favor de los demás, en especial para los más necesitados?, ¿Cultivo virtudes de convivencia, afabilidad, gratitud, optimismo, puntualidad y orden en mi ambiente familiar?, ¿Me mueve el afán de servir a los demás, aunque sea en cosas muy pequeñas? Así habremos encontrado parte importante de la felicidad que se puede lograr aquí en la Tierra. Ayudando a otros que también son hijos de Dios y hermanos nuestros.

Leer también: La verdad hoy

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