Según Nicolás de Maquiavelo, en su libro “El Príncipe” (1513), existen dos formas en que los estados existen y funcionan: o son repúblicas o son principados; pero en ningún caso las dos denominaciones funcionan de forma simultánea. Con base en esta expresión, tenemos que, sin importar cuánto se diga de cómo un estado funciona, la realidad es la que dice cuál es la forma de gobierno imperante.
En una república, el gobierno lo ejerce un jefe de Estado, quien ha obtenido el cargo mediante un procedimiento de elección pública, no necesariamente en elecciones populares y universales, puesto que pudo ser elegido por un cuerpo legislativo colegiado; es decir, que es ocupante de un cargo público y por ello no tiene derecho por sí mismo a ejercerlo, sino que está sometido al escrutinio público y, por tanto, su permanencia depende de los ciudadanos que le eligieron y que tienen el derecho a decidir su continuidad en el cargo.
Por naturaleza, las repúblicas se identifican con los valores de la Revolución Francesa: libertad, igualdad y fraternidad; aun así, es posible identificar históricamente repúblicas nacidas de la democracia y con igualdad ante la ley para sus ciudadanos, cuyo régimen interno de funcionamiento dista de forma alarmante de esos principios desde su nacimiento. Está el caso de las repúblicas presidencialistas: el jefe de gobierno es elegido y se mantiene en el cargo independientemente de la legislatura, es decir, solo puede ser removido en un proceso de elecciones.
Los principados, como les llama Maquiavelo, o monarquías, como también se les conoce; son sistemas donde el gobierno se ejerce de forma personal, vitalicia y designada según un orden hereditario, decisión del monarca o por designación hecha por un grupo privilegiado, mal llamado aristocracia, parlamento o grupo cuyo poder puede o no estar en una constitución política escrita en donde la protección de la soberanía de la nación es compartida entre el soberano y el cuerpo legislativo, que, por paradoja o absurdo que parezca, puede ser elegido mediante el sufragio universal.
En cualquier principado constitucional o reinado parlamentario, el monarca es jefe de Estado, tiene poderes muy limitados o meramente simbólicos o ceremoniales. Mientras que el poder ejecutivo es ejercido en su nombre por el gobierno, dirigido por un jefe, primer ministro o presidente del gobierno.
Los principados absolutos, gobiernos monárquicos en los que el monarca tiene el poder incondicional sobre el gobierno y el Estado, ya son una rareza que persiste en algunos lugares, pues aun donde gobierna uno solo, se está sujeto a leyes fijas y establecidas; no existe uno que sea tan despótico que sea dirigido y gobernado por una sola persona, sin ley ni regla, a voluntad y capricho. En esa situación estamos ante una dictadura absoluta.
La gran diferencia entre las repúblicas y los principados no es la forma de llegar al gobierno, la de ejercer la autoridad o la de permanecer en el poder. La diferencia es que, en las repúblicas, en especial las de corte democrático, se necesita de la virtud, la moderación, la ética y la honestidad para el logro de la felicidad, profunda, sostenible y perfecta de los ciudadanos del país.
En cambio, en los gobiernos aristocráticos, autocráticos, principescos y dictatoriales, la falta de virtudes, la cobardía, el latrocinio, el abuso y la pereza del alma producen más y mayores cosas con el menor impacto posible en la satisfacción de necesidades materiales y felicidad espiritual de los ciudadanos en el país.
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