En los primeros minutos de su película “La guerra de las galaxias” de 1972, el escritor y director George Lucas deja claro, con el uso de la frase “…en una galaxia muy, muy lejana…”, que los hechos que en ella se narran no son fantasía, que seguramente estaban ocurriendo o que ocurrirían en alguna otra galaxia y tiempo. Y fue este último factor el que dio la razón, pues como reza el proverbio, “lo que un hombre puede imaginar, otro lo puede crear” y tiempo después, así ocurrió.
En la película, una nave diplomática; en teoría, territorio libre y soberano de una nación libre y de espíritu rebelde; en donde viaja la princesa, es atacada por una fuerza militar superior en tamaño, número, recursos y tecnología. Tras una breve resistencia, las defensas y armas de la pequeña nación son sometidas y neutralizadas, por lo que su comandante, ante un escenario tan desigual, decide rendirse para evitar mayores pérdidas.
De inmediato, las fuerzas invasoras al mando de un señor oscuro y tenebroso inician el abordaje al mejor estilo de piratas (de película) para capturar a la joven rebelde. En una breve batalla que se desarrolla en un estrecho pasillo, perecen todos los defensores y muchos de los atacantes, y estos vencen solo por superioridad numérica, logrando así su objetivo, capturar a la princesa, llevarla a una fortaleza mayor donde será interrogada por sus crímenes contra el imperio y se le extraerán los nombres de los demás planetas involucrados en la revuelta política y militar que atenta contra el orden y la paz de la galaxia.
Mientras tanto, eso ocurre; en otro plano, dos personajes, dos robots de servicio, uno flaco y brillante y el otro que es chiquito y blanco, huyen cargando secretos. Tres películas y varias décadas después, el creador dirá, para sorpresa de dos generaciones de entusiastas fanáticos de la saga, que ambas máquinas fueron propiedad del malvado señor oscuro.
Y del invadir para sacar a la princesa es hablar de asuntos mayores. Una fuerza, por muy superior que sea en tecnología, entrenamiento y equipos, no puede vencer con tanta facilidad y absoluto desparpajo a un grupo de defensores que están ubicados en un pasillo estrecho y liso. La única forma es entrar a sangre y fuego, lo que significa que, si bien, por razón del número, van a ganar, su victoria se pagará con el doble o el triple de sangre derramada por los defensores. Eso fue lo que les ocurrió a Leónidas y sus 300 espartanos.
Esta película sirve como marco para exhibir algunas realidades contemporáneas que de otra forma es difícil ver con claridad y que pueden pasar al olvido. La primordial es que, si bien una fuerza superior puede someter y neutralizar las defensas de una pequeña nación por ser más poderosa en lo tecnológico y numérico, la entrada de los invasores solo ocurre cuando el comandante de la nave deja de luchar.
Esa es una realidad militar que se repite en un mundo redondo, y que se puede comprobar mirando la película “Troya”, en donde una fuerza superior que puede neutralizar defensas y medios de ataque solo puede entrar si desde adentro les abren las puertas de la fortaleza y que la captura de la protagonista y el cobro del botín solo es posible después de una gran batalla o una gran traición.
Y como escriben al final de los créditos en las películas: Los personajes y hechos retratados en este artículo son completamente ficticios. Cualquier parecido con personas reales, vivas o muertas, o con hechos reales, es pura coincidencia.
Leer también: Repúblicas y principados



