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viernes, septiembre 25, 2026
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Raimond Gutiérrez…Trump ante el espejode la opinión pública,de aquí y de allá

Hubo un tiempo, no muy lejano, en que la sola mención de una acción decidida por parte de la Casa Blanca generaba una ola de optimismo casi místico en las calles de Venezuela. A principios de 2026, tras los vertiginosos acontecimientos que culminaron con la captura del innombrable, el entusiasmo a favor de Trump alcanzó niveles que desafiaban cualquier lógica política convencional.

En enero de este año, la encuestadora Meganalisis registró un abrumador 92,2 % de aprobación entre los venezolanos hacia –según resultados cuantitativos de las encuestadoras más prestigiosas y metodológicamente rigurosas de Estados Unidos, como YouGov, Pew Research Center y Gallup, el egocéntrico, megalómano y narcisista– Donald John Trump. Era el retrato de una nación exhausta que depositaba su fe en un redentor geopolítico. Ocho meses después, el espejismo se ha disipado por completo, dejando al descubierto una sombría realidad.

La última encuesta “Verdad Venezuela” de Meganalisis, de agosto de 2026, no solo muestra una estrepitosa bajada: retrata un colapso histórico sin precedentes en la opinión pública en nuestro país. La aprobación de “Míster Pelucón” se ha desplomado a un raquítico 9,7 %. Por el contrario, su desaprobación escaló del 6,3 % en enero a un contundente 69,2 % en agosto, lo cual exhibe que el idilio ha terminado, y lo que queda es un profundo sentimiento de desengaño y pragmatismo.

¿Cómo se explica que un líder político pierda más de 82 puntos de respaldo popular en menos de un año? La respuesta yace en la enorme brecha entre las expectativas creadas y la parálisis de los resultados tangibles. La caída fue un goteo constante que reflejó la impaciencia de una sociedad que esperaba una reconstrucción institucional inmediata: 82,9 % en febrero, 74,5 % en marzo y un desplome definitivo en abril (47,1 %) cuando quedó claro que el interinato y las dinámicas internas no resolverían las urgencias del ciudadano común. Para julio, con un 21,5 %, el desencanto ya era la norma.

Sin embargo, el dato más revelador del estudio de Meganalisis no es la simpatía perdida, sino la percepción de las intenciones subyacentes. El 70,1 % de los venezolanos encuestados manifestó creer que Trump actuó motivado por el deseo de controlar el petróleo venezolano, mientras que apenas un escaso 8,9 % continuó defendiendo la tesis de que su meta principal era la liberación y democratización del país.

Ese giro radical en la narrativa popular demuestra que el colectivo venezolano ha madurado a golpes de realidad, de pragmatismo puro y duro. La retórica incendiaria de Washington y sus constantes vaivenes frente a figuras del ejecutivo actual terminaron por agotar la paciencia de una población que hoy prioriza su economía familiar, el costo de la vida y el fin de las crisis de servicios públicos por encima de las promesas extranjeras.

Los venezolanos hemos dejado de ver al norte buscando un salvador; ahora miramos hacia adentro, conscientes de que las dinámicas de poder global responden a intereses geoestratégicos y energéticos, no a la ética ni a la filantropía política.

Ese fenómeno no ocurre solo en lo nacional. Coincide con un desgaste severo del propio Trump en su suelo natal, donde las encuestas de septiembre de 2026, previas a las elecciones de medio término, lo sitúan firmemente en el subsuelo político. La erosión es tan evidente que el propio vicepresidente JD Vance –durante una entrevista en el popular programa tecnológico All-In Podcast– ha tenido que pedir públicamente al electorado yanqui que le dé “otra oportunidad”. 

La diferencia radica en que en EE UU el debate se dirimirá en las urnas para el Congreso, mientras que en Venezuela se traduce en una profunda apatía hacia las narrativas del tutelaje exterior. Dicho descalabro es el reflejo simétrico de una crisis mucho más profunda que se gesta en las entrañas de la propia potencia norteamericana.

Allá, la atmósfera política se ha tornado muy negativa para el partido de gobierno debido a una cruda realidad nacional marcada por una inflación permanente, el encarecimiento de los combustibles, la guerra con Irán que a todas luces perdió y una polarización social que erosiona las bases institucionales. 

El ciudadano estadounidense promedio, agobiado por el costo de la vida y alarmado por la imprevisibilidad de las decisiones de la Casa Blanca, parece listo para pasar factura en las urnas; de hecho, los principales agregadores de sondeos sitúan la desaprobación de Trump rozando el 60 %, un lastre histórico que arrastra consigo las posibilidades de los candidatos republicanos a las elecciones de mitad de mandato.

A este complejo frente interno se le suma un progresivo aislamiento en la arena internacional. La política exterior transaccional y unilateral de Washington ha terminado por dinamitar puentes con sus aliados históricos más fiables.

La tensión diplomática ya no se limita a rivales geopolíticos tradicionales: ha alcanzado el corazón de Occidente. Canadá y la Unión Europea observan con creciente alarma el rumbo de una administración que prioriza los ultimátums comerciales y el choque militar directo por encima de la diplomacia multilateral.

Este distanciamiento con el eje euroatlántico y con su vecino del norte no solo debilita la autoridad moral de Washington, sino que proyecta la imagen de una superpotencia errática e impredecible.

Esa mutación en el Capitolio promete sacudir también los cálculos en Caracas: mientras la gestión interina cuenta con que una victoria demócrata les otorgará un respiro político en el tiempo, los hechos recientes demuestran lo contrario.

Lejos de ofrecer puentes blandos, la bancada demócrata lidera la postura más dura contra el interinato: ya exigen investigar la opacidad de sus fondos y catalogan los pactos petroleros de Trump como una concesión transaccional inadmisible. Así, la inminente mayoría demócrata en el Congreso no traerá un aliado, sino un implacable poder de fiscalización mucho más severo y punitivo que el pragmatismo comercial de la propia Casa Blanca.

En definitiva, el 9,7 % de Meganalisis debería ser una lección de humildad para los “estrategas” de la Casa Blanca y una advertencia para quienes aún pretenden subordinar el destino del país a su permanencia en el poder. La aprobación popular es un capital extremadamente volátil cuando se alimenta de promesas vacías y agendas ocultas.

El flirteo de Venezuela con el presidente estadounidense ha concluido, no por falta de gratitud inicial, sino porque los pueblos, tarde o temprano, aprenden a distinguir la solidaridad real del puro cálculo petrolero.  

Es esta tormenta perfecta, donde confluyen el malestar económico estadounidense y el desgaste diplomático global, la que está pavimentando el camino para un vuelco electoral. Las proyecciones estadísticas y el comportamiento del voto genérico sugieren que el Partido Demócrata se encamina a conquistar una sólida mayoría en la Cámara de Representantes este noviembre.

Para los demócratas, la estrategia ya no requiere de grandes promesas revolucionarias, sino de presentarse como el contrapeso necesario, la fuerza institucional que devuelva la estabilidad a los mercados, la cordura a la política exterior y el respeto a las alianzas tradicionales de EE UU.
El veredicto de los sondeos parece definitivo: el estilo Trump ha agotado su crédito tanto en las calles de Caracas como en los pasillos de Bruselas y Ottawa, dejando al Partido Republicano ante las puertas de un severo castigo legislativo.

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