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jueves, septiembre 24, 2026
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Humberto Peinado Vila…Se es feliz al aprender cada día

Numerosos docentes ya retirados anhelan en sus sueños, en los momentos de meditación y reflexión, volver a sentir la satisfacción de enseñar; saben que este singular arte les dio felicidad. Ellos fueron únicos en el arte que profesaban, y todos los que asumen el reto de ser “buenos maestros”, para lograrlo, requieren grandes dotes de amor, pasión y disciplina, pues quien enseña, siempre aprende para que otros aprendan.

Cuando enseñaba acerca de la ciencia del suelo, acostumbraba decirles a mis alumnos: «No hay suelos estériles, hay suelos que dejamos de atender y de estudiar y, por eso, quizás colapsaron y  se niegan a rendir». Y esto mismo sucede con la gente: acuñamos y adoptamos a destajo la idea de que la felicidad era dejar de aprender, que al terminar de graduarse, al jubilarse, ya para qué estudiar más, y esa creencia se nos convirtió en la gran mentira.

En la vida del ser humano hay momentos que han suscitado opiniones contrastantes: por un lado, la de aquellos que se cierran y se compactan como los suelos que, al ser pisoteados por el paso del ganado o por la maquinaria agrícola y sus aperos de labranza, expresan su derrotismo al decir «ya no hay nada que hacer, yo soy así»; y en la acera de enfrente aparece sereno y tranquilo el que nunca dejó de aprender, el productor del campo que pregunta cómo usar el WhatsApp para vender su queso, el ama de casa que aprende a sembrar hortalizas en maceta al no tener patio, el jubilado que aprendió a escribir en el periódico de su región.

Ellos, a pesar de los apagones, no se amilanan, no se desaniman, se sienten felices porque su suelo sigue poroso, recibiendo y absorbiendo agua y aire. Ahora bien, en un buen suelo bulle la vida, abundan las lombrices, los hongos, las bacterias que nadie ve, pero hacen todo el trabajo. Del mismo modo, una vida feliz está  llena de pequeños detalles que nadie ve, como aprender del obrero, del nieto afectuoso; se aprende igual del medio. 

El que solo aprende de los libros no aprende nada, ignora de lo que se pierde. Así como el suelo nunca termina de formarse y tarda miles de años,  nosotros nunca terminamos de formarnos a ninguna edad, y no creerlo es ir contra la naturaleza. 

Todos hablan de la felicidad, los que se fueron, los que se quedaron; algunos recuerdan gratamente el olor de la tierra mojada luego de un palo de agua de esos de Yaracuy, del placer de descalzarse en la tierra fría de la mañana. 

Hoy, todos anhelan el campo porque el campo no te deja ser soberbio; si no aprendes, cuando llueve, te castiga; si no aprendes a esperar la cosecha, te mueres de hambre. Él te obliga a ser humilde y a aprender todos los días, y  esa obligación te proporciona la felicidad más grande. 

La felicidad no está en la ciudad que brilla, está en el surco que enseña, está en meter la mano en la tierra y entender que en la tierra de Yaracuy, esa que tanto amamos, late también la sabiduría. El día que abandonamos el campo no solo dejamos de sembrar, dejamos de aprender y dejamos de ser felices. No hay que dejar de aprender; aprendamos otra variedad, aprendamos otro oficio, aprendamos a cuidar la madre enferma, aprendamos a escribir, aprendamos a leer leyendo.

No hay persona triste con suelo fértil, y el día en que el país vuelva a ser feliz no será por la llegada de una gran empresa, de esas que ya anuncian su arribo; será porque, entre tantos buenos emprendimientos, volvimos a poner los ojos en la tierra, volvimos a echarle una mano al campo y a exclamar como cuando éramos niños: ¡Enséñame!

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