Cuando el viento nos arranca la esperanza, llega a nuestro encuentro un proverbio pleno de sabiduría ancestral que, al releerlo ávidamente, nos obliga a mirar hacia el futuro con una certeza inquebrantable, entendiendo que las sociedades, al igual que los bosques, no se salvan por la fortaleza de un solo tronco, sino por la red invisible de raíces que se entrecruzan bajo la tierra para sostenerse mutuamente.
Y en sintonía con ese proverbio que en sus letras señala: “El árbol no teme al viento”; el venezolano ha demostrado en el terreno de la supervivencia que el individualismo no resiste los huracanes, pero la comunidad sí.
La historia es testigo de excepción de que ninguna tormenta es eterna y, cuando el viento amaine, el mundo verá que no quedó un suelo árido ni destruido; encontrará una sociedad de pie con ramas que ya empiezan a florecer de nuevo, demostrando que un árbol llamado Venezuela nunca le temió al viento, porque su verdadera fuerza siempre estuvo en la profundidad y vigor de su gente.
Este mensaje encriptado y descifrado resuena y retumba con una fuerza asombrosa en cada esquina de nuestras barriadas y ciudades. La sabiduría envuelta en esa frase no habla de una madera rígida o inmutable, sino de una firmeza viva, de una raíz tan profunda que es capaz de sostener la copa entera mientras el cielo se cae a pedazos en la Venezuela de hoy.
Ese proverbio ha dejado de ser una metáfora para convertirse en una radiografía exacta de nuestra sociedad, en un vendaval de la crisis, el de los servicios públicos colapsados, el de la inflación que devora el salario y la dolorosa distancia de la migración, los cuales han soplado con fuerza de huracán.
Ese ímpetu del venezolano no se mide en las grandes tribunas, sino en la resistencia silenciosa y compartida que se observa en la madre que estira el presupuesto para que rinda el almuerzo comunitario, en el trabajador que camina kilómetros para no faltar a su labor; es una resistencia activa, una terquedad social que se niega a romperse.
Nos hemos doblado bajo el peso de la tempestad, pero como los árboles sabios hemos aprendido a balancearnos con el viento para mantener el tronco intacto al final del día. La verdadera fuerza del país no está en las tormentas que lo azotan, sino en la savia de la solidaridad e ingenio que sigue corriendo por el cuerpo de su gente, resistiendo con la certeza de que ningún invierno es eterno. El venezolano no acepta la crisis como su camino natural, no se conforma con la oscuridad del apagón.
El proverbio “El árbol no teme al viento” simboliza la resiliencia y la fuerza interior ante las crisis actuales, enseñándonos que los problemas no deben destruirnos, sino ayudarnos a desarrollar raíces más profundas y una actitud firme y valiente frente a la adversidad. El árbol resiliente no le pide al viento que pare; lo que hace es mecerse para hacerse más fuerte por dentro, y para ello se ancla fuertemente al suelo.
El venezolano echa raíces profundas, desarrolla valores, presume su fe con firmeza y gallardía, incentiva sus conocimientos, de tal manera que los vientos fuertes no logran arrancarlo; solo lo podan para fortalecerlo y seguir creciendo. Y mientras las raíces sigan latiendo con fuerza allá donde han caído, el árbol seguirá en pie; el viento pasará como pasan las noches, pero el ímpetu de este pueblo se queda allí madurando por siempre.
Hoy, el venezolano no solo sobrevive incluso allende las fronteras, sino que germina, conquista espacios y florece con un ímpetu que asombra a otras culturas con cada logro en el extranjero, con cada negocio fundado y con cada aplauso recibido afuera en cada país que se plantó.
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