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jueves, septiembre 3, 2026
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Humberto Peinado Vil…El roble invisible

Cuando el viento nos arranca la esperanza, llega a nuestro encuentro un proverbio pleno de sabiduría ancestral que, al releerlo ávidamente, nos obliga a mirar hacia el futuro con una certeza inquebrantable, entendiendo que las sociedades, al igual que los bosques, no se salvan por la fortaleza de un solo tronco, sino por la red invisible de raíces que se entrecruzan bajo la tierra para sostenerse mutuamente.

Y en sintonía con ese proverbio que en sus letras señala: “El árbol no teme al viento”; el venezolano ha demostrado en el terreno de la supervivencia que el individualismo no resiste los huracanes, pero la comunidad sí.

La historia es testigo de excepción de que ninguna tormenta es eterna y, cuando el viento amaine, el mundo verá que no quedó un suelo árido ni destruido; encontrará una sociedad de pie con ramas que ya empiezan a florecer de nuevo, demostrando que un árbol llamado Venezuela nunca le temió al viento, porque su verdadera fuerza siempre estuvo en la profundidad y vigor de su gente.

Este mensaje encriptado y descifrado resuena y retumba con una fuerza asombrosa en cada esquina de nuestras barriadas y ciudades. La sabiduría envuelta en esa frase no habla de una madera rígida o inmutable, sino de una firmeza viva, de una raíz tan profunda que es capaz de sostener la copa entera mientras el cielo se cae a pedazos en la Venezuela de hoy.

Ese proverbio ha dejado de ser una metáfora para convertirse en una radiografía exacta de nuestra sociedad, en un vendaval de la crisis, el de los servicios públicos colapsados, el de la inflación que devora el salario y la dolorosa distancia de la migración, los cuales han soplado con fuerza de huracán.

Ese ímpetu del venezolano no se mide en las grandes tribunas, sino en la resistencia silenciosa y compartida que se observa en la madre que estira el presupuesto para que rinda el almuerzo comunitario, en el trabajador que camina kilómetros para no faltar a su labor; es una resistencia activa, una terquedad social que se niega a romperse.

Nos  hemos  doblado  bajo el  peso de la tempestad, pero como los  árboles sabios  hemos aprendido  a balancearnos con  el  viento   para mantener el tronco  intacto al final del día. La verdadera fuerza del  país no está en  las tormentas  que  lo azotan, sino en la savia de la solidaridad e ingenio que sigue corriendo por el cuerpo de su gente, resistiendo con  la certeza   de que ningún invierno es eterno. El venezolano no acepta la crisis como  su camino  natural, no se conforma con la oscuridad  del  apagón.

El proverbio “El árbol no teme al viento” simboliza la resiliencia y la fuerza  interior  ante las crisis actuales, enseñándonos que los problemas no deben destruirnos, sino ayudarnos  a desarrollar  raíces más  profundas  y una actitud  firme y valiente  frente  a la adversidad. El árbol  resiliente no  le pide al viento que pare; lo que  hace es mecerse  para hacerse  más  fuerte  por  dentro, y para  ello se ancla fuertemente  al suelo.

El venezolano echa raíces profundas, desarrolla valores, presume su  fe con firmeza y gallardía, incentiva sus conocimientos, de tal manera que los vientos fuertes  no logran arrancarlo; solo lo podan para fortalecerlo y seguir creciendo. Y mientras  las raíces  sigan  latiendo  con  fuerza allá donde han caído, el árbol seguirá  en pie; el viento  pasará como  pasan  las noches, pero  el ímpetu  de este pueblo se queda  allí  madurando  por siempre.

Hoy, el venezolano no solo sobrevive incluso allende las fronteras, sino que  germina, conquista espacios y florece  con un ímpetu que  asombra  a otras  culturas  con  cada  logro  en el  extranjero, con cada  negocio  fundado  y con cada aplauso recibido afuera en cada  país  que  se plantó.

Leer también: El relevo que no llega

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