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lunes, agosto 17, 2026
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Notas desde Farriar…Si yo llego a saber que Perico era sordo, yo le quito la trompeta

Canta, canta, un viejo y exquisito bolero de Rafael Hernández, uno de los más grandes compositores que ha parido la tierra borincana, y que el músico dominicano Johnny Pacheco, con la orquesta Las Estrellas de Fania, con unos excelentes arreglos, creó un híbrido con diferentes ritmos musicales afrocaribeños, tales como la charanga, chachachá, danzón, pasando por la guaracha, el son montuno y el guaguancó, y donde la salsa vuela con nuevos giros armónicos, ritmo, sonoridad y melodía.

 Canta, canta es de esas canciones que se quedaron tatuadas en el alma y constituye un clásico del reservorio musical  salsoso que bulle y palpita con igual o mayor intensidad la realidad, el testimonio humano y creador de la música afro jíbaro antillana.

Dos cosas demuestran categóricamente la urgencia de este polivalente ritmo: la letra con imágenes poéticas que le dan un inevitable sabor a pueblo, a barrio, a bembé y a arrabal. Y en segundo lugar, el canto radicalmente salsoso del gran «Cheo» Feliciano, esa voz única, privilegiada, genial en el soneo y magistral en el bolero, que representa, sin discusión alguna, uno de los momentos estelares de la salsa que se escribe, se goza, se baila y se vacila en ambos lados del Caribe.

Sin duda, «Cheo» Feliciano se inspira brindando un enfoque salsoso, irreverentemente incisivo, de toque contínuo que no desdibuja en ningún momento el montuno; por el contrario, asume con franqueza el guaguancó con sobradas virtudes.

 La combinación polirítmica en esta canción se refleja con otros instrumentos como los trombones, que les dan una soberbia sonoridad, aunado al bongó, el güiro, sin perder la clave cubana del son, los tonos desnudos en la flauta de Johnny Pacheco, como también se percibe la armonización de las trompetas.

En esta canción se altera el formato de la orquesta Fania introduciéndoles violines que vienen de la influencia de las agrupaciones en formato de charanga. Así esta vigorosa y personalísima figura de la salsa ha logrado mantenerse incólume en el canto caribeño por más de tres décadas, tanto por su aterciopelada voz como por la expresiva fuerza plástica musical en el soneo que le sirve de apoyo. Como nada surge de la nada, es necesario fundamentarse en una experiencia válida, asimilar lo sustantivo y, sin dejarse ganar por los nuevos modelos.

Este emblemático sonero rompe con todas las normas de la canción, imponiendo un estilo personal que abre camino a la audacia germinal que palpita en el canto salsoso y deja que se fraccionen las barreras asfixiantes de no forzar el pregón para dar paso a nuevas formas y posibilidades renovadoras para que la Orquesta Fania emprenda su marcha melódica, imponiendo Feliciano finalmente su propio y original estilo en la expresión musical. 

En el canto salsoso de «Cheo» Feliciano se agitan cantantes del pasado y de su tiempo, influencias desplazadas o tentativas recientes, todas amasadas en una materia germinal y de esperanza; si no fuera un poco atrevido, diríamos que fundamentado en su propia característica musical, crisol en que se funde un proceso melodioso, porque la salsa no es otra cosa que un sincretismo de tendencias, direcciones, notas y elementos musicales antagónicos en este Caribe barroco, novelero, hispánico, romántico e impresionable. Todo eso es al mismo tiempo la salsa, que ya es de todos los continentes, por el acierto que tiene en expresar el espíritu de la tierra, el arrabal, la guataca y el bembé.

En Canta, canta se conjuga el juego metafórico humano; la plasticidad de una materia solar y el colorido de sus imágenes no le fueron dados gratuitamente. Fueron, por el contrario, el resultado de la cadencia en el soneo y el pregón de «Cheo»: Fecundo, inagotable, perseverante, es un monumento al fervor de la salsa.

De allí, además, no solo por su versatilidad para dialogar con la percusión, con las teclas poéticas negras y blancas del piano, con el bongó repicador, sino principalmente con la retaguardia rítmica, el timbre ácido de las trompetas y el sonido grueso de los trombones que todo lo captan, o piensan, todo lo transforman y asimilan mediante un inagotable trabajo musical para devolverlo ennoblecido a la salsa de nuestro tiempo. No ha sido, ciertamente, baldío esfuerzo el que ha realizado este sonero, ha convertido en proeza lo que en otra voz quizás menos hábil, afortunada o capaz hubiera sido tentativa mostrenca, dada la diversidad de elementos – a veces contradictorios – que en el canto salsoso coincide.

La audacia comunicativa de «Cheo» Feliciano en la guaracha, el Cha – Cha – Chá, el danzón, el son montuno, el bolero y el guaguancó pregón es buscar la improvisación y la inspiración. Lo fundamental en el canto de «Cheo» cuando se faja con el montuno es que no trunca la armonía en mitad del mismo, y cada secuencia alternante envuelve una respuesta del coro para constituir un pequeño clímax en varios puntos cuando los trombones espontáneamente crean patrones con densidades rítmicas que invitan al bailador a ser creativo.

De esta forma, el trance, la magia, lo inesperado, la sorpresa, la improvisación, el tarareo y el vacilón se convirtieron en danza festiva que el colectivo caribeño acogió como suyo. Y en ello va el timbre ácido de la trompeta de Luis Perico Ortiz (si yo llego a saber que Perico era sordo, yo le quito la trompeta), que en un arrebato, en un solo de trompetas, hace piruetas poéticas de un minuto y veinte segundos de música, como extrayendo al máximo de emoción el encantamiento, como sacados de un sombrero.

Y también recordamos ese bolerazo de Feliciano en “Amada mía”, para darnos cuenta de cuán cerca está la utopía del amor perfecto: eche pa’ cá mi negrona, mi puchunga sabrosona. ¡Familia! ¡Mamita Linda!

Leer también: De La eliminación de los feos a No hay cama pa’ tanta gente

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