Caminaba el Señor Jesús hacia Cesárea de Filipo acompañado de sus discípulos; entonces, él les preguntó: ¿Quién dice la gente que soy yo? Y los apóstoles, en forma sencilla, le contestaron: «Unos dicen que eres Juan el Bautista, otros dicen que eres Elías y otros dicen que eres uno de los profetas»; entonces él se dirigió a sus apóstoles y les dijo: «¿Y ustedes, quién dicen que soy yo? Con seguridad, Pedro contestó:»¡Tú eres el Cristo!
También a nosotros, el Señor, a causa de nuestro estrecho vínculo, podría pedirnos con sencillez una declaración de fe. Con palabras o con obras, porque mantenemos con Jesús un vínculo que nació con el Sacramento del Bautismo y que ha crecido día a día. Se trata de una comunión de vida más profunda que la que pudiera darse entre dos seres humanos. Él mismo nos enseñó con una bella imagen y dijo: «¡Yo soy la vid y vosotros los sarmientos!
Y si luchamos por la santidad, podríamos decir: ¡Vivo, pero no yo, es Cristo quien vive en mí! Esta cercanía con Jesucristo nos debe llenar de alegría, porque si somos parte del Cuerpo Místico de Cristo, participamos en todo lo que Cristo realiza.
En la misa, Cristo se ofrece con la Iglesia, que es su cuerpo místico, y todos los bautizados. Por esta unión con Cristo a través de la Iglesia, los fieles ofrecen el sacrificio junto con él, participan como oferentes y como ofrendas. En el altar, Cristo hace presente ante Dios Padre sus padecimientos redentores y meritorios que soportó en la cruz y también los de sus hermanos. ¿Cabe mayor dignidad y mayor unión con Cristo?
La misa bien vivida puede cambiar la propia existencia. Teniendo en nuestras almas los mismos sentimientos de Cristo en la cruz, podemos conseguir que nuestra vida entera sea una reparación incesante, una asidua petición y un total sacrificio para toda la humanidad, porque el Señor nos dará un instinto sobrenatural para purificar todas nuestras acciones y elevarlas al orden de la gracia, convirtiéndola en un instrumento del apostolado.
La Santa Misa es ofrecida por los sacerdotes y también por los fieles por el carácter impreso en sus almas en el momento del bautismo, participando del mismo sacerdocio de Cristo. Ahora, solo por las palabras del sacerdote —en cuanto representa a Cristo— en el momento de la consagración, se hace presente el mismo Cristo en el altar y los fieles participan de esta oblación, que se hace a Dios Padre para bien de toda la Iglesia.
Juntamente con el sacerdote, ofrecen el sacrificio uniéndose a sus intenciones de petición, de reparación, de adoración, de acción de gracias; más aún, se unen al mismo Cristo, sacerdote eterno, y a toda la Iglesia. En la Santa Misa podemos ofrecer cada día todas las cosas creadas y todas nuestras obras. El trabajo, el dolor, la vida de familia, la fatiga, el cansancio y las iniciativas apostólicas que queremos llevar a cabo en ese día.
El ofertorio es un momento muy adecuado para presentar nuestras ofrendas personales que se unen al sacrificio de Cristo. ¿Qué ponemos cada día en la patena del sacerdote?, ¿Qué encuentra ahí el Señor?
Llevados por esa alma sacerdotal que nos identifica con Cristo, no solo ofreceremos la realidad de nuestra existencia, sino que nos ofreceremos a nosotros mismos en lo más íntimo de nuestro ser.¡Orad, hermanos, para que este sacrificio mío y vuestro sea agradable a Dios Padre Todopoderoso! El Señor reciba de tus manos este sacrificio para alabanza y gloria de su nombre, para nuestro bien y el de toda su santa Iglesia.
Debemos llenar de contenido esta y otras oraciones que se repiten en cada misa.Acudimos a la misa para hacer nuestro sacrificio y lo presentamos ante la Santísima Trinidad revestidos de los incontables méritos de Jesucristo, y aspiramos con certeza su perdón y pedimos con su voz siempre eficaz.¡Todo lo suyo se hace nuestro, y todo lo nuestro se hace suyo! Oración, trabajo, alegrías, pensamientos, deseos que, entonces, adquieren una dimensión sobrenatural y eterna. Todo cuanto hacemos adquiere valor en la medida en que se ofrece con Cristo, sacerdote y víctima sobre el altar.
La misa es el más importante y provechoso encuentro personal con Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, pues toda la Trinidad se encuentra presente en el sacrificio eucarístico y es del mejor modo y grato a Dios corresponder al amor divino. La misa es el centro y la raíz de la vida espiritual del cristiano. De modo semejante a como los radios de un círculo convergen en un centro, así todos nuestros pensamientos, palabras y acciones se centrarán en el sacrificio del altar y así podremos ofrecer todas nuestras obras en la misa, y podremos ofrecer todo lo que vayamos haciendo en el transcurso de la jornada. La Santa Misa, así sería el centro de nuestra vida cristiana.
Queridos amigos, para conseguir los frutos que el Señor nos desee dar en cada misa, debemos cuidar la preparación de nuestra alma. La participación en los ritos litúrgicos en forma piadosa y activa, cuidar la puntualidad, el arreglo personal, el modo de estar sentados o de rodillas, como quien está frente a un amigo, que en este caso es Dios y nuestro Señor, con el debido respeto y reverencia, seguir los ritos de la acción litúrgica haciendo propios los cantos, aclamaciones y silencios y escuchando con atención las lecturas.
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