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viernes, mayo 22, 2026
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Notas desde Farriar/ La batalla de los irreverentes inmortales

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Nunca en la historia de las grandes gestas epopéyicas se había escrito y hablado tanto como de la Batalla de los Irreverentes Inmortales.

Despertaba perezosa el alba cuando ya nuestro Porta Estandarte Manuel Felipe, en soberbia estacada, había sembrado las banderas del orgullo, la dignidad, el honor, el valor y el coraje en la arena mezcla de sal y algas. Y estas nuestras banderas comenzaron a esparcir el aroma de esos valores en fragancia de sándalo, jazmín, azahar y flores exóticas en búsqueda de oídos receptivos tan necesarios en nuestros tiempos.

Y allí Manuel Felipe, ígneo como el Gigante de Roda posado sobre los restos de un prehistórico dinosaurio en forma de árbol caído, oteaba el horizonte en prevención de naves enemigas. Al grito de guerra nos lanzamos al campo de batalla: “A la carga, mis valientes, la gloria nos pertenece; si nos derrotan, pagaremos con nuestras vidas la osadía de semejante desafío”. (Creo que lo grité o lo imaginé). 

Ya el fragor del combate era intenso; Oswaldo, con el pecho como proa  desafiante y feroz, capturaba y arrancaba de las entrañas del enemigo las joyas medio sumergidas. Sebastián, musculoso y pétreo como un muro de contención, enfrentaba los bravíos ataques de la brisa y de las olas, valientemente decidido a no ceder en su empeño de triunfar.

Abel, edecán de Armando, no cesaba de tomar notas en su extraña agenda parecida a una cajita mágica, capaz de detener el tiempo y las cosas para el recuerdo.

Marco Antonio, con una sonrisa tatuada en su rostro y con una expresión de alegría como quien no conoce la existencia de la muerte y la tristeza, se balanceaba y arrastraba su botín sin dejar de celebrarlo.

Yo con mi pesada armadura entré en batalla; fue fuerte el encuentro; escasas prendas y ya me revolcaba como un cachalote herido. Entendí que mis mejores tiempos habían pasado. Pedí rescate y fui arrastrado hasta los restos de madera de un viejo naufragio.

Observé cuando las miradas atónitas de las estrellas, un pájaro hizo nido en la cumbre de una nube. Allí fui depositado por tres comodoros, eso sí con la tierna solemnidad que despierta el cuadro El entierro del conde de Orgaz.           

Alfonso de Magallanes, quien logró en esa batalla el título de Almirante de la Mar Océano, con un viejo arcabuz heredado de un ancestro aventurero y marino, no cesaba de disparar y atrapar joyas de sirenas y princesa que por estas playas naufragaron. Hemerson con su corazón salido del horizonte producto de cruentas peleas contra la Diosa Eros no daba tregua al escurridizo botín, a veces parecía retroceder pero era su estrategia para retomar aliento y volver a llenar sus alforjas. Como estaba postrado al lado de nuestro porta estandarte, lo oí susurrar contra el viento: “Por qué Alfonsina, por qué tuviste que buscar poemas de muertes en el fondo del mar si la vida es el más dulce poema escrito por Dios”.

Los que al día siguiente observen en la escena de la batalla seguro exclamarán ¡Aquí batallaron grandes guerreros como los que necesitamos para ver si salvamos lo que nos queda de patria! Al repletar nuestras arcas levamos anclas en dirección suroeste según lo indicaba un viejo sextante que a Julio José regalaron Los Piratas del Caribe. Pero lo más importante de aquella cruenta batalla es que permitió que se forjara, como se templa el acero, la amistad y el honor de ser caballeros de la vida y el respeto por nosotros mismos.  

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