Por encima de la justicia han desfilado guerras, insurrecciones, asesinatos, amenazas y asechanzas por un lado, y por el otro, han aparecido reconciliaciones, períodos de paz tan largos como el que presidiera Octavio en la Antigua Roma. La justicia, entre tanto, no parece haber cedido su pertinencia; cualquiera podría decir que ella siempre está allí, como una buena madre que les enseña a sus hijos el camino del bien.
La justicia no puede permanecer en la tumba a descansar entre los muertos. ¿Pero puede certificarse el deceso de la justicia?, ¿Es que la impunidad decreta la existencia o la defunción de toda una concepción teleológica y filosófica? Desde que las sociedades humanas sobrepasaron el primitivismo más crudo, han buscado arquetipos teóricos para implantar sus instituciones.
El primer recurso fue acudir a Dios, de allí que la literatura jurídica haya empezado por los libros religiosos. El Pentateuco de la Biblia casi fue escrito para revelar cómo le tocó a Jehová la tarea de darle al hombre, creado ya por aquella divinidad, un orden estable. Sería entonces exagerado culpar al Pentateuco por los crímenes y guerras donde se invoca a la Biblia. Ni tampoco porque el hombre, simple criatura mortal creyéndose Dios, se coloque por encima de la justicia; no por ello esta tiene que sufrir una capitis diminutio. Ni tampoco porque la hayan convertido en un valor de cambio, en un instrumento dócil del dinero y del poder, y hasta ha obrado el milagro de convertir a los honestos en anormales, tanto más anormales cuanto más honestos, porque la inversión ha sido de tal magnitud que una conducta ética se convierte en obstáculo para el normal desenvolvimiento de la justicia.
La cuestión ha llegado al límite de que la gente se asombra más por el castigo que por la exoneración de un culpable. En este contexto, la ética es un valor subversivo, porque rápidamente toma el giro de un andamiaje sobre el cual se apoya el sistema. La moral del ciudadano, minada en profundidad por el deterioro, se aproxima a un límite peligroso que, de no darse un viraje, podríamos llegar al punto de donde ya no hay retroceso.
El primer momento para encarar la justicia lo reveló Moisés con la tabla de la ley; era necesario, imprescindible y vital que se cumpliera. La primera forma orgánica de ordenar la conducta del hombre. La primera forma de hacer justicia. No matarás, no robarás, respeto al prójimo. Se suponía que era una forma de convivir en justicia, entonces en paz. Pero a pesar del temor a Dios, el hombre irrespetó, desconoció las leyes y se hundió en una vorágine de pecados y blasfemias.
Adoró falsos dioses, falsos ídolos. Se corrompió espiritual y socialmente. Hubo de pagar cara su afrenta: vagar inmisericorde, sufrir calamidades, hambre, desesperanzas ante el fracaso catastrófico de sus falsos ídolos. Volvió el orden con dolorosa pena, pero es así, el orden implica disciplina, sacrificio y dolor. Así comenzó el nuevo orden, una nueva estructura de poder organizado, unas leyes y un pueblo que las obedezca bajo el imperio de la justicia y aunque parezca curioso todo este esfuerzo, luchas, guerras, sacrificios, leyes contra leyes, imposiciones y sumisiones exigían una sola razón tan noble tarea de la justicia, que estos organismos fuesen ejercidos por hombres probos, sabios, honestos, equitativos y pulcros, para que todos fuésemos iguales ante esas leyes labradas en piedra y bronce para convivir en respeto y paz.
Cuando se violentaban esas normas la esperanza era que las respuestas fueran justas, benevolentes con el inocente y severas con el culpable. Era lo mínimo que se esperaba. Pasa el tiempo histórico y el hombre se sigue moviendo en su innata tendencia entre el bien y el mal. Persiste las violaciones de las reglas sociales, se impone entonces crear tribunales.Con la aparición de los tribunales se creyó que las cosas se podrían arreglar y la convivencia y la paz eran cosas posibles, sin tribunales se decía no hay justicia, y justicia es paz. Pero porqué temerle a la justicia nuestra.
En la Venezuela de este nuevo milenio asombra cómo a pesar de existir leyes, normas y tribunales se siente la extraña sensación de la existencia de una justicia incompleta, favorecedora de unos y casi negadas a otros. Hay un manejo de los instrumentos de ley caprichosamente utilizados, ahora Asamblea Nacional, ahora tribunales. Si se supone que estos estamentos están organizados para el ejercicio de las leyes y el imperio de la justicia, porqué son vulnerados y acomodados. Porqué tan complaciente ante algunas contundentes verdades, las cuales niegan con su omnímodo poder.
¿Dónde está la búsqueda de la convivencia y la paz para los que, supuestamente, fueron diseñados?, ¿Por qué el ciudadano de a pie se siente indefenso ante la majestad del poder. Me pregunto: ¿Habrá en verdad razones para temer a la justicia? De existirlo, ¿por qué dejamos correr tanto tiempo?, ¿No nos hace eso cómplices?No todo es trágico, porque aún hay jueces, fiscales, juristas probos, honestos, equilibrados, capaces y ecuánimes que buscan dignificar las instituciones encargadas de ejercer la ley, ordenar la razón social y/o asumir majestuosamente el derecho a la justicia.
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