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miércoles, marzo 18, 2026
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Ismael Montoya…La importancia de la fe

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El señor Jesús dice en el Evangelio: ¡No he venido a destruir la ley, sino a darle plenitud! Y acto seguido perfecciona y restaura los preceptos de la ley escrita por Moisés en el Antiguo Testamento.

La doctrina enseñada por Jesús es la fuente de toda conducta para los seres humanos de todos los tiempos: es verdad salvadora. Es un valor que cada generación recibe de nuestra Iglesia con autoridad y ayuda del Espíritu Santo.

Conocer estos conceptos nos pone en comunicación directa con Jesucristo, único maestro, y sus apóstoles, guardando con discreción nuestra la distancia de siglos que nos separa de ellos. Asistir a su escuela, podemos decir que nos hemos convertido en Galilea, Jericó y Cafarnaúm y hemos estado a orillas del Lago de Genesaret.

Amigos, guardar fielmente las verdades de la fe es requisito indispensable para llegar a la vida eterna, porque: ¿Qué otra verdad planteada por sabios de la época nos puede salvar? Y el Señor nos advierte hoy: ¡El que quebrante un solo mandamiento, aunque sea el más pequeño, y enseñe a los hombres a hacer lo mismo, será el más pequeño en el reino de los cielos!

San Pablo escribió: “Las verdades de la fe no cambian ni se desgastan en el tiempo ni en la historia; podrán admitir y exigir una vitalidad pedagógica y pastoral propia del lenguaje».

San Vicente de Lérins escribió: ¡Quod ubique, quod semper, quod ab omnibus!, «lo que en todas partes, lo que siempre, lo que por todos» se ha creído. Esto debe mantenerse como formando parte del depósito de la fe. Esta actitud dogmática defiende el patrimonio auténtico de la religión católica.

El credo no cambia, no envejece, no se deshace. Es la columna firme en la que no se puede ceder, ni siquiera en lo más pequeño, aunque por temperamento estemos inclinados a transigir. ¿Te molesta herir, crear intolerancias? Y vas transigiendo en posturas y puntos—no son graves, me aseguras—pero traerán consecuencias nefastas para muchos.

Ahora perdona mi actitud sincera—. Con este modo de actuar, caes en la intolerancia que tanto te molesta— más perjudicial y necio. Es impedir que la verdad sea proclamada, porque anunciar la verdad es normalmente el más grande bien que podemos hacer a quienes nos rodean.

Queridos amigos, el cristiano liberado de toda tiranía del pecado se siente impulsado por la nueva ley de Cristo a vivir frente a Dios Padre, como un hijo suyo. Las normas morales entonces no son solo señales indicadoras de los límites de lo permitido o prohibido, sino del camino que conduce a Dios, como una manifestación de su amor.

Debemos conocer bien este conjunto de verdades que constituyen el depósito de la fe. Esta riqueza de verdades se protege con la piedad (oración y sacramentos), con una seria formación doctrinal y prudencia en las lecturas.

Todo el mundo considera razonable que en las cátedras de Biología o Física se recomienden unos textos y se declaren inútiles otros, y no faltan quienes se asombren de que la Iglesia reafirme su doctrina, recomendando evitar lecturas que sean dañinas para la fe o moral y ejerza su derecho, para examinar, juzgar y, en casos extremos, reprobar libros contrarios a la verdad religiosa.

Al avivar en nuestra oración la fidelidad al depósito de la revelación, recordamos la ley natural que el Señor ha escrito en nuestros corazones; nos impulsa a valorar los dones del cielo y, en consecuencia, nos obliga a evitar todo lo que atenta contra la virtud de la fe, por ejemplo: «Conservar la vida física».

San Basilio nos dice: ¡Debéis, pues, seguir al detalle el ejemplo de las abejas, pues estas no se paran en cualquier flor ni se esfuerzan por llevarse todo de las flores en las que posan su vuelo, sino que una vez que han tomado lo conveniente para sus fines, lo demás lo dejan en paz!

Nuestra prudencia nos debe llevar a extraer de cualquier autor lo que nos convenga y se parezca más a la verdad y dejaremos lo demás. Por ejemplo, de la flor del rosal esquivaremos las espinas y sacaremos el mayor fruto de esos escritos, cuidando lo que perjudique a nuestras almas, porque la fe es nuestro mayor tesoro y no nos expondremos a perderla o deteriorarla.

“Dichoso es el que camina con vida intachable en la voluntad de Dios. Dichoso es el que guarda sus preceptos y los busca de todo corazón”, Salmo 118, 1-2. No es raro que un cristiano se deje seducir por la apariencia de la verdad, que hay siempre en todos los errores.

¡Muéstrame, Señor, el camino de tus leyes. Enséñame a cumplir tu voluntad! Salmo 118, 34. Y él, a través de una conciencia formada, nos moverá a ser humildes y a realizar con prudente selección, buscar asesoramiento con garantías en el mundo científico, humanístico y literario, permaneciendo junto a Cristo, valorando nuestra fe.

Pidamos a la Santísima Virgen María asiento de la sabiduría, ese discernimiento en el estudio de las lecturas y en todo el ámbito de la cultura, y también que nos ayude a valorar y amar más el tesoro de nuestra fe.

Leer también: Madre de la misericordia

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