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viernes, marzo 13, 2026
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William López…Recordando una singular mañana guameña y despidiendo a un amigo

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Aquella mañana del año 1973, Guama amaneció como todos los días, iluminado por el mismo brillante astro rey. Sus calles coloniales, solas. Uno que otro transeúnte aparecía en la perspectiva de aquel tímido paisaje. De pronto, aquel silencio, aquella paz se rompe por el inconfundible sonido de un megáfono. En una solariega casa, un joven de 23 años lo escucha y despierta su curiosidad. Este joven, proveniente del poético Campo Elías, había llegado al pueblo en enero del mismo año. Se estrenaba en su primer trabajo y se desempeñaba como telegrafista del pueblo. Llegaba lleno de sueños y aspiraciones.

Impresionado con aquel sonido que llamó su atención, se asoma a la puerta de la vieja casa que sirve de asiento al telégrafo. Suspende la labor para atender aquella curiosidad juvenil provocada por el sonido del megáfono. Al asomarse a la puerta del inmueble, su mirada se encuentra con un cuadro humano nunca visto: “La voz varonil, grave y clara que escuchaba provenía de un megáfono e invitaba a un evento cultural que se realizaría esa tarde en la Plaza Bolívar.

Las personas que exteriorizaban aquella invitación original eran cuatro: tres jóvenes y una dama de baja estatura y unos imponentes y dulces ojos azules. Cargaban un particular vehículo que les servía de apoyo en aquella noble y original actividad: una vieja carretilla, que brindaba sus servicios a aquellos soñadores como vehículo de carga.

Nuestro telegrafista no los conocía. Los veía por primera vez. Entre el joven telegrafista y los personajes de la carretilla se operó un cordial diálogo. Estos se identificaron como miembros de una organización juvenil denominada “Movimiento de Unidad Juvenil Orlando López Pinto”, que funcionaba en el pueblo y se dedicaba a congregar a la juventud en actividades deportivas, culturales, excursionismo y educativas, entre otras.

Por supuesto, el nobel telegrafista asistió en la tarde a la actividad cultural y quedó incorporado como miembro de la organización. A partir de aquel saludo, se operó entre los referidos personajes, una hermosa y sólida hermandad. El tiempo transcurre. De aquel bonito encuentro han transcurrido 53 años. Meche Cordido, nuestra Meche, la única dama presente, y Carlitos Rivero, noble ser, ambos diligentemente caminaban a los lados de la carretilla, fallecieron.

René Rodríguez, quien era el locutor de aquel grupo, hoy es prestigioso profesional y cariñoso abuelo. Sixto, el joven telegrafista, sigue con nosotros, tan guameño como el que más; siempre gente, siempre amigo, siempre educador, poeta, polifacético, brillante, noble y puro.

Recientemente, en una madrugada, nos sorprendió la triste noticia del fallecimiento del noble Elvigio Rivero. Era el cuarto personaje de los portadores de la carretilla; era su inigualable conductor.

Lo recordamos como un ser puro, noble, siempre sonriente, colaborador. Gran ciudadano y excelente, virtuoso y sencillo amigo que con su fallecimiento deja un gran vacío en nuestros afectos. Rogamos por su alma buena.

Leer también: Aquellos amores

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