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viernes, marzo 6, 2026
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William López…La campana

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Mi casa de Guama, al sur, en un espacio cuadrado, contiene matas ornamentales entre las que observamos: palmas, una opulenta y verde lechuga, la hermosa y radiante perlas y corales, una frágil orquídea, dos pretenciosas calas que luchan por florecer, varios bonsai de semeruco, antes ramas de un arbolito original con diez y ocho primaveras deleitándonos con elegancia que inexplicablemente se secó y entre un delicado limón criollo que se resiste a ser un bonsai, olorosas matas de menta, traídas de la alta montaña que adorna nuestro horizonte al norte, donde según los poetas, “la tierra se confunde con el cielo” y donde como manto protector, por encima de ellas, caen unas florecitas rojas en forma de delgadas campanitas hermosas provenientes de las colgantes lágrimas de San Pedro.

Allí, como puesta por mi buen Dios, comedida, como esperando su momento, colgada del cuerpo de una anciana columna antes blanca, hoy de un color oscuro aportado por los años, una: ¡campana de bronce!

Ese es mi lugar preferido para leer, conversar, escuchar música, convivir, disfrutar con sobrinos y nietos. Estoy más tiempo en ese sitio que en el resto de la casa. Hay un denominador común entre las visitas y los de la casa: ¡siempre se reúnen en ese mismo sitio!

La campana era parte de un barco fabricado en un astillero de Noruega. Tiene grabado el nombre del barco, el año y lugar de fabricación. Investigando, conseguí el momento en que botaron el barco e inició de su navegación por esos mares de Dios, por esas aguas que Homero llamó: “El líquido camino”.

Ese día, según pude observar en un video, quebraron botellas sobre su casco, y quien presidía la ceremonia era el alcalde del puerto donde fabricaron el barco. Esa campana era de mi hermano Eleazar, y gentilmente me la obsequió mi sobrino mayor. La traje a Guama y se fijó en el sitio donde se encuentra. Esa campana se toca cuando está toda la familia; su sonido es el llamado familiar cuando vamos a comer. Siento un placer especial al hacerlo. Sonarla genera alegría.

El otro uso que tiene esa campana es el día 31 de diciembre, que suena a las 12:00 de la noche por un largo rato, anunciando la llegada del año nuevo. Al sonar, contribuye a estimular nuestra alegría; nos abrazamos deseando ¡Feliz Año!

Siempre he estado vinculado al sonido de las campanas; lo heredé de mi padre que le gustaba mucho. Mi papá fue monaguillo del padre Corel, y en su medio de crianza no faltaron las campanas. Él adoraba las campanas y solía recitar unos versos que desconozco el autor, pero siempre al escuchar las campanas los domingos los declamaba: “No oyes como un lamento/ de la campana del acento en sentida vibración,/ es el lánguido gemido que nos dice entristecido,/ qué triste pasa la vida y qué corta es la ilusión./ Campana, yo conozco tu dolor, /siento tu melancolía porque entre tú y mi lira existe ¡misteriosa simpatía!”.

Olvidaba comentar que la campana ha tenido otro uso: cuando comenzaron las protestas contra la revolución bolivariana, la gente sonaba cacerolazos; yo me encargaba de sonar la campana.
Por los vientos que soplan, creo que comienzan a dar resultados aquellos repiques que al sonar inundaban de esperanzas los aires guameños y de Venezuela.

Leer también: Encuentro en el jardín

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