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viernes, febrero 6, 2026
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William López…Encuentro en el jardín

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Hoy, muy temprano en la mañana, tomo la Biblia, abro este santo texto, comienzo a leer. Este libro no deja de impactar y sorprender gratamente. Nunca dice “aquí estoy”, pero siempre está. Y en ese estar, uno se encuentra con él, lo toma con respeto en las manos y este suelta su mensaje.

Así lo hice y en una parte del Génesis, leo: “… Dijo también Dios: Júntense las aguas que están debajo de los cielos en un lugar, y descúbrase lo seco”. Y fue así. Y llamó Dios a lo seco Tierra, y a la reunión de las aguas llamó mares. Y vio Dios que era bueno.

Después dijo Dios: “Produzca la tierra hierba verde, hierba que dé semilla; árbol de fruto según su género, que su semilla esté en él, sobre la tierra”. Y fue así. Produjo, pues, la tierra hierba verde, hierba que da semilla según su naturaleza, y árbol que da fruto, cuya semilla está en él, según su género. Y vio Dios que era bueno. “Y fue la tarde y la mañana el día tercero…”.

Antes de mi encuentro con la Biblia, diría media hora antes, me encontraba una mañana observando el jardín de mi casa. Esta es una labor y un placer que alimenta mi espíritu. En tal actividad, miro, acaricio y hablo con las plantas. Me acerco a una mata de pequeñas ramas que me preocupa; llegó a mi casa como regalo de una noble y maravillosa amiga: Magaly González, una artista en el cuidado de las plantas.

La preocupación referida tiene un motivo: la misma noche del día en que recibimos el delicado obsequio de esa matica de hojas tímidas, verdes, frágiles ramas, los señores bachacos visitaron el jardín y nos dejaron prueba fehaciente de su maldad.

La matica amaneció sin una hoja, sus flacos tallos, el día anterior cubiertos de brillantes hojas color escarlata, ese que, al decir de un poeta colombiano, contiene ese “color que los trigales pierden”, habían desaparecido, dejando de ella una imagen parecida a aquellos seres víctimas de la prisión de las dictaduras o los humillados y recién liberados de los campos de concentración nazi. Ante esa realidad, dediqué mis cuidados buscando recuperar mi preciado regalo y, Dios que no abandona a sus hijos y siempre nos estimula, me tenía una sorpresa.

Después de más de un mes de cuidados amorosos, ese amanecer bendito presentó ante mis ojos una explosión de bondad y vida vegetal: la frágil mata torturada por los enfermos bachacos era un universo de hojas verdes; eran como esmeraldas colombianas recién extraídas de su fuente, poseían un verdor, presumo, parecido al que inspiró el “Canto a la agricultura en la zona tórrida”.

Pero el milagro no termina ahí. En abundante número, superior a la cantidad de hojas verdes, brotaron unas flores blancas como la gloria, de cuyo centro sobresalen unas pequeñas florecitas parecidas a las margaritas, pero de color rojo vivo con estambres blancos como la leche fresca, de puntas marrón claro, también en el centro.

Esta explosión natural del ilimitado potencial de nuestra flora es mi estímulo en una clara mañana guameña creada por El Buen Dios. Mi mente inquieta recordó a Luis Mariano, el genio de Canchunchú, quien al cantar a la flor del campo la condecoró con su pura ingenuidad, diciendo:

“… Eres luz, eres amor,
eres canto y poesía.
Florecita de mi campo
linda florecita mía…”.

Así, mantengo la esperanza en un nuevo amanecer para ¡Mi Patria Bonita! Olvidaba el nombre de mi bella y esperanzadora planta: ¡Perlas y corales!

Leer también: Mañana hospitalaria

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