¡Vivimos el renacer de la esperanza! Volvemos a soñar. Esperamos que se terminen de abrir las puertas e ingresen cosas mejores. Deseamos el renacimiento del respeto al ciudadano, el cultivo de sus derechos. Enfermarse no debe ser una calamidad; todos tenemos derecho a la educación; anhelamos poder hablar y expresarnos sin temor a esa vergüenza llamada cárcel.
Nuestros jóvenes harán realidad sus sueños, y esos más de 8 millones de compatriotas que se marcharon a buscar la vida que se les negaba en su propio suelo, regresarán a darle calor a nuestras casas, acompañarnos en el latir de nuestros corazones. Esperamos volver a ser hermanos.
Sueño con un país en paz y armonía, donde respeten nuestras costumbres, donde estemos contentos con las personas que dirigen la vida nacional, política, religiosa y deportiva. Deseamos vivir en una paz bonita, cordial, sin que nada nos altere el día a día.
El preámbulo lo motiva la cotidianidad de mi Guama, ese Edén que Dios nos deparó y donde vivimos tranquilos, en paz como hermanos. La mayor parte de nuestra población es católica. Acudimos a nuestra iglesia con la frecuencia debida. Tenemos fe y confianza en nuestro buen Dios, estamos felices con nuestro sacerdote, nos sentimos bien representados en él. Lo queremos. Es un ser humano entregado a la hermosa misión de servir a Dios. Eso nos gusta.
Nos hace feliz que de él hacia nosotros se irradie una luz de amor y protección. Es un buen pastor. Es bueno para un pueblo tener un buen pastor y Guama lo tiene: Miguel Ángel Vargas. Es un ser lleno de cualidades positivas, un hombre de fe. Es un hombre bueno. Somos felices con él.
Ahora surge aquello de que nada es completo.
Corre por nuestras calles la comidilla de que el padre Miguel, por órdenes superiores, será trasladado a otra parroquia. Se dirá que no tenemos incumbencia ni poder para impedir el supuesto traslado. Pero sí tenemos poder para expresar y preguntar: ¿Por qué no nos dejan tranquilos, en paz?, ¿Es que acaso no tenemos derecho a tener la bendición de que nos guíe un buen pastor? Surge aquí el grito del silencio: “¡Dejen quieto al que está quieto”!
Acostumbro recordar una escena de la película “El violinista en el tejado”; en ella Tevie, un campesino judío que vivía de distribuir la leche de su única vaca en la aldea donde reside, andaba preocupado por problemas, digamos, familiares. Tevie era hombre de fe, todo lo platicaba con Dios mientras recorría las calles distribuyendo la leche.
Un claro día, este personaje le comenta a su Dios que su hija se había enamorado de un revolucionario y solicita iluminación. El viejo caballo que tiraba del carro donde va la leche comienza a cojear. Tevie revisa el caballo y ve la causa en una pata. No puede continuar despachando la leche. Tevie se aparta del caballo y del carro, mira al cielo. Era un cielo claro, brillante.
Mientras gesticula con las manos, comienza a conversar con Dios y más o menos le dice: ¡Oh Dios! Yo sé que mi esposa es una mujer virtuosa, pero tal vez peca, sé que mis hijos pecan, yo que soy tu hijo amado, también peco. Pero ¿Qué te ha hecho el caballo? Somos pueblo de fe. Necesitamos ese buen pastor día a día. ¿Que hemos hecho para que nos quiten el caballo?
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