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lunes, marzo 9, 2026
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Travesías…La carga ligera de los setenta

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Al alcanzar la frontera de los 70 años, ocurre un fenómeno de liberación silenciosa: de pronto, lo externo deja de tener peso. Tras haber recorrido siete décadas de existencia y levantado una familia entre innumerables circunstancias —algunas más complejas que otras, pero todas superadas bajo la gracia de Dios—, el hombre llega a una cima desde la cual el paisaje se ve distinto.

A los 70, la aprobación ajena se vuelve irrelevante; lo que otros piensen sobre nuestra imagen física o nuestras decisiones queda al margen. La ambición profesional, si es que el oficio alguna vez tuvo techo, cede su lugar a una búsqueda mucho más profunda: el cultivo del silencio.

​En esta etapa, el interés se desplaza. Ya no se trata de escalar posiciones, sino de mantener la salud física y mental como templos de la sabiduría. Anhelamos, por encima de todo, tiempo de calidad.

Las expectativas sociales, esas que suelen dictar cómo debemos comportarnos o qué debemos lograr, pierden su fuerza magnética. Incluso, muchos de nosotros desarrollamos una sana «alergia» a la segunda jornada laboral; ese ímpetu de querer seguir produciendo al ritmo del mundo acelerado se apaga para dar paso a la contemplación.

​Haber crecido junto a nuestros hijos, aprendiendo el oficio de ser padres sobre la marcha, guiándoles con principios y valores para que coronen su futuro sobre bases firmes, no ha sido una tarea sencilla. Ha sido una siembra de décadas. Por ello, la etapa que sigue a los 70 es, por derecho propio, para el descanso. Es el momento de decir «basta» a los lloriqueos ajenos y a las noches en vela. Es el tiempo de reclamar la paz que se ganó en el campo de batalla de la vida.

​Surge entonces una pregunta ineludible: ¿Están los hijos en el deber de atender a sus padres hasta el final de sus días? En mi opinión, esta atención es un eco de la crianza y formación recibida. Si bien bíblicamente se establece que al unirse la pareja «dejarán a su padre y a su madre», esas palabras jamás deberían justificar la desatención o el olvido.

La familia debe ser el refugio. Ya sea en el hogar propio o, por consenso y conveniencia, en una casa de acogida donde se garantice su bienestar, el abandono no puede ser una opción. ​El objetivo de estas líneas es llamar a la reflexión a las nuevas generaciones. Si realmente desean nuestra compañía y consejo por unos años más, deben respetar la tranquilidad de sus mayores. La carga a los 70 debe ser ligera, porque la pesada ya se cargó en el pasado. El descanso no implica soledad; necesitamos la presencia, la visita periódica, el saberse parte del árbol.

​Aunque los abuelos rara vez nos negamos a cuidar a los nietos, es imperativo que los hijos consideren nuestras capacidades reales. La edad no perdona: la movilidad, las habilidades y las destrezas merman. No somos herramientas de auxilio inagotables, sino seres que han cumplido su cuota de sacrificio. Cuidemos a nuestros mayores, no como una obligación pesada, sino como un acto de justicia ante quienes ya entregaron todo. Hasta otra Travesía.

Leer también: La tríada del propósito: convicción, fe y espera

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