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lunes, abril 13, 2026
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Tras las huellas de mis pasos…Dios desde la enfermedad

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Cuando una persona sufre una enfermedad, su cuerpo se debilita y hay un descenso material. Es en ese momento cuando se aprovecha para hacer descender, de lo superior a lo material, al espíritu y traerlo al plano de la materia. Explicado mejor, sacar fuerzas de las debilidades y aprovechar lo espiritual en el plano material. Es elevarnos hacia lo sobrenatural.El Rey David cuando enfermaba le decía a Dios, por medio de su Salmo 6: “Adonai, no en tu enojo me reproches ni en tu ira me castigues”. Sal 6:2.

La persona enferma ha de aprovechar en estas situaciones de dificultades para abrazarse más a lo espiritual. David clama que el Creador no le pase factura, no lo castigue ni en enojo ni en la ira, como tampoco le recrimine por lo que le está pasando.

David teme al Eterno; él sencillamente quiere que Dios le sane, teme que el Creador pueda reprocharle por algún error cometido. Sencillamente quiere estar en paz con Dios y que Dios le sane. “Ten misericordia de mí, oh Hashem, porque yo estoy debilitado; sáname, oh Hashem, porque mis huesos están conturbados”, Sal 6:3. David está asustado, no por la enfermedad, sino por Dios. “Mi alma, asimismo, está muy conturbada; y tú, Hashem, ¿hasta cuándo? Sal 6:4. Primero los huesos y luego el alma.

David siente que algo se escapa. ¿Qué está pasando en la relación con Dios? De allí la insistencia: “Vuelve, oh Hashem, libra mi alma; sálvame por tu misericordia”, Sal 6:5. David sabe que su relación con Dios es placentera, entiende que la raíz de las enfermedades es estar alejado de Dios.

Entiende que lo único que da sentido es engrandecer el nombre de Dios. Así muestra lo cercano de querer tener a Dios consigo y esa razón lo lleva al verso 6:6: “Porque en la muerte no hay memoria de ti. ¿Quién te loará en el sepulcro?”. Luego de la muerte, ya nadie podrá recordarles a los seres humanos sobre la existencia de Dios. “Heme consumido a fuerza de gemir; todas las noches inundo mi lecho, riego mi estrado con mis lágrimas. Mis ojos están carcomidos de descontento; se han envejecido a causa de todos mis angustiadores”, Sal 6:7-8.

David siente que Dios le ha oído y vuelve sobre las sombras originarias de su caos: “Apartaos de mí, todos los obradores de iniquidad, porque Hashem ha oído la voz de mi lloro, Hashem ha oído mi ruego, Hashem ha recibido mi oración”, Sal 6:9-10.

Es que el Creador en lo interno lo lleva a exaltarse sobre sus enemigos, a quienes reprocha: “Se avergonzarán y se turbarán mucho todos mis enemigos, se volverán y serán avergonzados de repente”, Sal 6:11. La grandeza de David está en no pedir castigo, apela a la misericordia recibida y aconseja a sus enemigos que se vuelvan a Dios.

Leer también: Libranos del mal

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