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lunes, enero 26, 2026
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Trago Amargo…Sin máscaras

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Durante más de dos décadas, el diálogo político en Venezuela ha sido un ejercicio tan reiterado como inconcluso. Entre comunicados, protocolos y llamados a la paz, se ha invocado el entendimiento nacional sin que este se traduzca en acciones sostenidas. La realidad ha sido implacable: sin compromiso recíproco, sin respeto ni reconocimiento genuino del otro, ningún esfuerzo prospera. Cada intento fallido deja el mismo saldo: mayor desconfianza, escepticismo ciudadano y la percepción de que el diálogo ha servido más para ganar tiempo político que para construir futuro nacional.

El país no necesita más “mesas de buenas intenciones” ni escenografías diseñadas para halagar a la comunidad internacional. Venezuela requiere un proceso útil, verificable, donde la palabra pese más que la fotografía. Ninguna nación se reconstruye sobre pactos simulados. No puede hablarse de reconciliación cuando la justicia se posterga indefinidamente, ni de progreso cuando los encuentros se desarrollan bajo una balanza trucada.

El diálogo no debe ser instrumento de control ni disfraz de normalidad política: ha de ser un mecanismo genuino de soluciones, nacido de la convicción y no de la conveniencia. Cada fracaso ha dejado heridas abiertas y una sociedad más incrédula. Lo que alguna vez se presentó como oportunidad de reencuentro devino, en muchos casos, en un ejercicio unilateral donde una parte imponía las condiciones y la otra debía justificar su permanencia o su retiro. Esa dinámica, repetida una y otra vez, agotó el sentido mismo del diálogo. Sin embargo, los pueblos exhaustos también aprenden, y Venezuela debe entender que, sin verdad, justicia y equilibrio, toda negociación nace condenada.

Hoy el país transita una coyuntura inédita. El agotamiento político, el deterioro institucional y el clamor ciudadano por estabilidad conforman una oportunidad que no debe desperdiciarse. Un nuevo diálogo, para tener sentido histórico, no puede darse entre élites aisladas, sino entre el conjunto vital de la nación. Una comisión verdaderamente plural —que integre partidos, regiones, gremios, iglesias, universidades, sociedad civil y diáspora— es indispensable para recuperar credibilidad.

Sin esa diversidad, el proceso volverá a ser una formalidad vacía, otro montaje sin alma ni legitimidad. Y una exigencia es ineludible: la ética del cumplimiento. Los acuerdos deben ser públicos, verificables y vinculantes, con consecuencias ante su incumplimiento y con mecanismos independientes que aseguren su ejecución. La confianza no se decreta; se conquista con hechos. Hablar de reconciliación mientras se silencia al otro o se manipulan los efectos equivale a traicionar la esencia misma del diálogo.

Este momento no admite evasivas. La dirigencia nacional —en todas sus vertientes— debe asumir que la supervivencia individual de los proyectos de poder no garantiza la estabilidad del país. Aceptar el costo del entendimiento, honrar la palabra, resistir la tentación de romper la mesa y cumplir lo acordado, serán las verdaderas pruebas de madurez política. Alegar la mala fe del adversario para justificar la ruptura no expresa fuerza, sino temor: miedo a la responsabilidad, al escrutinio y al cambio real.

La reconciliación no consiste en olvidar, sino en mirar el pasado con verdad y el futuro con propósito. Venezuela no podrá edificarse sobre el silencio ni sobre la exclusión de sus actores esenciales. El país necesita que todos —quienes detentan el poder y quienes lo padecen— comprendan que ningún interés puede valer más que la dignidad nacional. Solo entonces podrá abrirse el cauce de una reconstrucción auténtica.

El país espera hechos, no retórica; compromisos, no máscaras. Quienes hoy tienen la posibilidad de actuar poseen también la obligación moral de hacerlo con rectitud. Venezuela no necesita vencedores fugaces ni derrotados eternos, sino constructores de futuro. Si nuevamente se elige el cálculo sobre el compromiso, la historia no ofrecerá indulgencia. Venezuela enfrenta su última oportunidad: reconciliarse con verdad y coraje, o condenarse a repetir eternamente su fractura.

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