El fantasma de Joseph Goebbels, ministro de propaganda de Hitler, no murió en Berlín; mutó, se adaptó y hoy respira con inquietante normalidad en la política contemporánea. Nos incomoda reconocerlo, pero buena parte de la arquitectura de la propaganda moderna —y de la publicidad que consumimos sin resistencia— se sostiene sobre principios que el nazismo convirtió en método y que hoy aplicamos con naturalidad alarmante.
No es una licencia literaria: es una advertencia. Goebbels comprendió antes que nadie que la política no se gana con la verdad, sino con la percepción; no con argumentos, sino con emociones. Su fórmula —repetir hasta instalar— no solo sobrevivió al siglo XX, sino que encontró en las redes sociales su campo de expansión perfecto, donde cada usuario puede ser, consciente o no, un difusor disciplinado de consignas.
Venezuela ofrece un espejo descarnado. El poder ha reducido la complejidad nacional a consignas que buscan adhesión, no comprensión: “bloqueo”, “resistencia”, “enemigo interno”. No se trata de explicar, sino de encuadrar la realidad en relatos cerrados donde toda duda luce sospechosa hasta denominarla traición.
Pero la oposición, en su desesperación y fragmentación, tampoco ha escapado a esta lógica: hipérboles, promesas imposibles, narrativas diseñadas más para incendiar emociones que para construir confianza. El resultado es un país atrapado entre relatos que compiten por imponerse, no por convencer, donde la verdad termina subordinada a la eficacia del mensaje y la discusión pública se degrada en un forcejeo de eslóganes.
Y no estamos solos. En Estados Unidos, el ecosistema político convirtió la sospecha en estrategia y la mentira en herramienta de movilización. En Europa, la polarización se alimenta de mensajes simples que identifican culpables inmediatos.
En América Latina, gobiernos y oposiciones —sin importar el signo— recurren a la misma receta: simplificar, dramatizar, dividir, convertir al adversario en amenaza. Lo verdaderamente inquietante es que funciona. Funciona porque, apela a lo más primario: el miedo, la identidad, la necesidad de pertenecer. Funciona porque en medio del ruido, la repetición ofrece una ilusión de certeza. Y funciona porque, poco a poco, hemos bajado la guardia crítica a cambio de gratificación inmediata, de certezas cómodas que evitan el esfuerzo de pensar y contrastar, donde solo es suficiente sentirse parte de la ola de consignas.
Goebbels también insistía en hablarle a la emoción más básica, reducir el mensaje hasta hacerlo imposible de ignorar. Hoy eso se traduce en contenido viral, en frases diseñadas para circular más que para pensar. El algoritmo no distingue entre verdad y manipulación: premia lo que impacta. Y así, la propaganda ya no necesita un ministerio; le basta con millones de usuarios replicando sin detenerse a cuestionar, convirtiendo la desinformación en una corriente aparentemente orgánica y espontánea.
El peligro no es solo político, es cultural. Cuando la mentira eficaz desplaza a la verdad compleja, la democracia deja de ser deliberación y se convierte en una batalla de percepciones. Y en esa batalla, siempre gana quien grita más, no quien tiene razón; quien simplifica mejor, no quien explica mejor; quien emociona más, no quien argumenta mejor.
Por eso, resistir no es repetir más fuerte ni caer en la misma lógica del adversario. Resistir es mucho más exigente: implica formar ciudadanos incómodos, capaces de dudar incluso de aquello que confirma sus creencias. Implica enseñar a contrastar, a verificar, a detenerse antes de compartir, a entender que no todo mensaje eficaz es un mensaje honesto. Porque si algo demuestra la vigencia de Goebbels es que la manipulación no necesita imponerse por la fuerza cuando puede instalarse con facilidad.
Y la única forma de derrotarla no es con otra narrativa dominante, sino con una ciudadanía que no acepte ninguna sin someterla a prueba, que entienda que la libertad también exige esfuerzo intelectual.
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