El reciente Discurso del Estado de la Unión en EE UU expuso una grieta profunda en la estrategia de María Corina Machado: un liderazgo rodeado de un aparato propagandístico que confunde lealtad ciega con idolatría y crítica con traición, incluso contra el presidente Donald Trump, figura esencial en la agenda venezolana. La invitación formal del senador Rick Scott, confirmada por él mismo, fue ignorada por el equipo de Machado sin aceptación, declinación ni explicación. No es desidia protocolar: representa una escena vital para posicionar el relato opositor y marcar territorio en el epicentro del poder estadounidense. Dejar ese vacío permitió que otros definieran su significado, ocupando la acción que pudo haber sido propia. En alta política, el silencio se interpreta y cobra factura.
Ese desacierto se agrava con el comportamiento tóxico del entorno comunicacional que orbita a Machado: un ecosistema agresivo de cuentas afines, voceros militantes e “influencers” que linchan a quien señale inconsistencias, errores tácticos o incoherencias. Machado es tratada como imagen religiosa intocable, donde la duda se estigmatiza como sospecha de infiltrado, el matiz como pecado ideológico y la crítica como agresión.
En ese clima asfixiante, Trump emerge como blanco colateral: en lugar de capitalizar su protagonismo explícito sobre Venezuela en el discurso, sectores de ese aparato lo confrontan, lo descalifican o lo relativizan, como si un aliado de su calibre debiera someterse a la liturgia digital opositora. Este patrón no solo encierra a la líder en una burbuja de aplausos que deforma su realidad; impide rectificaciones oportunas, erosiona puentes con Washington y el Congreso republicano —vitales para la transición— y convierte aliados en enemigos por celos de protagonismo o purismo excluyente.
Junto a ese vacío de estrategia emerge Enrique Márquez como invitado especial en la tribuna del Capitolio, junto a los invitados de honor de Trump. Su presencia no es accidente ni anécdota: es señal de que la comunidad internacional, encabezada por EE UU, diversifica interlocutores, priorizando liderazgos menos atrapados en cultos personalistas y más dispuestos a asumir el costo pragmático de la negociación.
Márquez, con su cárcel, candidatura histórica e insistencia en vías institucionales, incomoda extremos del chavismo y opositores radicales, pero resulta legible y funcional para transiciones reales, no cruzadas mesiánicas. La irrupción de Márquez es un ejemplo histórico que Venezuela no puede desperdiciar. Simboliza un puente entre presión internacional —Trump, Scott y Congreso proactivo— y realidad interna; entre víctimas que claman justicia y victimarios que deben ceder con garantías; entre épica emocional opositora y gobernabilidad prosaica que exige pactos imperfectos. Si se lee como herramienta para bajar el tono tóxico del extremismo, su rol —y el de figuras afines— puede ser clave para desmontar el dilema “todo con Machado o nada por la libertad”, abriendo paso a un bloque opositor más amplio e inclusivo.
El riesgo mayor no es que otros ocupen espacios, sino que Machado —alentada por un entorno que la eleva a sacrosanta y hostiliza incluso a Trump cuando no encaja en la narrativa— se desconecte de las exigencias tácticas de esta hora. Cuando la disidencia se ataca y aliados estratégicos se convierten en blancos, el liderazgo vira de político a confesional: recubre fanatismos, pero fracasa en negociar, ceder y gobernar.
Mandela triunfó escuchando, corrigiendo y negociando con carceleros y fanáticos propios; otros movimientos se perdieron en cultos tóxicos al líder, reducidos a anécdotas heroicas sin poder. Venezuela debe elegir: adoración ciega, ataques a Trump y burbuja intocable, o liderazgo interpelable que abrace aliados incómodos. Ignorar situaciones, santificar a la dirigente y hostilizar canales de entendimiento no es solo error táctico; es llegar tarde —otra vez— a la cita con la historia.
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