El fin de semana pasado compartí la alegría con unas amigas que tenía varias lunas sin verlas, y entre boleros y unas cervezas bien frías nos detuvimos toda la noche a oír y mirar a un gigante de este género musical, me refiero a Julio Jaramillo, que junto a José Alfredo Jiménez, Orlando Contreras y Daniel Santos “El inquieto Anacobero” crearon una poética del despecho, y ensamblaron una estética de la bohemia que cumplió su cometido lejos de ese trillado y vulgar eufemismo, que trata a la mujer como un simple objeto decorativo para darnos cuenta de cuán cerca es la utopía del amor perfecto, que se pasea golpeando todos los rincones del alma.
Nuestro juramento, especie de himno al despecho, la canción de presentación de Julio Jaramillo, dueño de la noche y del desandar por las malas calles; este tema quedó grabado en su piel para decirlo en su mejor estilo, con tinta sangre del corazón, dedicado por su autor, el puertorriqueño Benito de Jesús, a su esposa Gloria María, y este hincándose en el brazo para que la sangre corriera y así poder cumplir la promesa: escribir parte de la historia de su amor “con tinta sangre del corazón”.
Nuestro juramento
No puedo verte triste
Porque me mata / tu carita
De pena, mi dulce amor.
Me duele tanto el llanto
Que tú derramas / que se llena de angustia
Mi corazón.
Yo sufro lo indecible si tú
Entristeces, / no quiero que la duda te haga llorar
Hemos jurado amarnos
Hasta la muerte / y si los
Muertos aman,
Después de muertos
Amarnos más.
Si yo muero primero,
Es tu promesa, / sobre
De mi cadáver dejar caer
Todo el llanto que brote de tu tristeza / y que todos
Se enteren de tu querer.
Si tú mueres primero /
Escribiré la historia de nuestro amor
Con toda el alma llena,
De sentimiento / la escribiré
Con sangre, con tinta sangre
Del corazón.
La magia de esta pieza la encontramos proyectada en que, al ser trasmutada en el tiempo melódica y armónicamente, es una canción simple, pero al ser interpretada por el “Ruiseñor de América”, cobra sentido, emoción y nostalgia, sobre todo por los matices que Jaramillo le ponía al cantarla, aunado al estribillo que en 1957 le hicieron a los arreglos, convirtiéndolo en un boleraso.
Esta composición es reveladora, ya que nos plantea toda una resonancia amatoria, jubilosa, venusina y dionisíaca, llena de auténtica vida que se manifiesta bajo la esfera del tiempo como si fuera un presente eterno, nada ficticio y nos traslada a la barra fiel de algún bar donde la aventura amorosa, nostálgica y casual nos vincula con el área mágica en la espumante levadura y en la embriaguez de un sueño, e invocamos el deseado paraíso en esas esmeraldas diluidas frente a la última rocola, que nos hace olvidar la escabrosa existencia y el despecho.
No somos nada, ¡carroña! ¡Vanidad de vanidades! Polvo eres y en polvo te convertirás… si no somos nada. ¿Por qué usar los malos trucos de la materia para conmover el alma? Pero este bolero transforma todo lo que estamos diciendo en una escatología decadente, espectacular y novelera: El despecho y la muerte exhiben en estas latitudes todos sus carismas.
La vida como sonido queda burlada del modo más ejemplar. Julio Jaramillo fue seguramente el artífice que más contribuyó a la creación de una estética urbana en la que el mundo de los bares, prostíbulos, pensiones o casas de citas fueron los ámbitos predilectos de ese andar y desandar por las malas calles.
Cargado con el humo de los cigarrillos, tragos fondo blanco y mujeres anónimas sobre las que cantara Yordano, los parroquianos echan su aliento, pagan y se van. Y al fondo, siempre con sus luces y sus reflejos cromados, sonando la voz ebria de Julio Jaramillo reproducida por una centenaria, pero invicta rocola, la sobreviviente de nuestro más íntimo despecho.
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