A la Dra. Beatriz Santo Domingo
El pasado sábado, bailando con María Tere, una antioqueña que vuela más alto que el infinito, coronó mi gloria con la verdad más sencilla de la vida: el amor. Pero el amor también es algo que muere, y cuando muere se pudre, pero puede servir de humus para un nuevo amor. De manera, que el amor ya muerto continúa viviendo una vida secreta en el nuevo amor.
Y así nos encontramos con que el amor es inmortal. Ese día compartí la alegría y la fraternidad con unas amigas que tenía varias lunas sin verlas, y entre vallenatos y unas cervezas bien frías nos detuvimos toda la noche a oír y mirar a un gigante de este género musical; me refiero a Diomedes Díaz.
Cuánto le costó al mundo vallenato su muerte antifísica en ristre hiedra verde celeste del más allá y casi en flor cortada, como dice el verso clásico. Estaban cargados de amor sus huesos y dolíale intensamente la sangre cuando el mar le regaló sus tesoros de estrellas, y un corcel de alas anchas guiándolo más allá de la eternidad.
Este emblemático cantautor no se limitó únicamente a uno, dos o tres acordes y compases. Él pudo sobrepasar la tradición de un intérprete limitado a un mismo patrón melódico para convertirse en un auténtico creador en los tonos altos y bajos del acordeón (no el vallenato que se canta ahora, excesivamente comercial, mezquino, torpe, reiterativo y copión, con letras mediocres y extraviadas que nada le aportan a este ritmo musical y responde únicamente al criterio de los productores de turno).
Pero es una canción del compositor ciego maravilloso Leandro Díaz, enloquecido por una mujer de cuerpo de amatista y cabellera de galaxia, alejándose en una prosapia de niebla con los acordes de un acordeón que hiere el alma y, cuando amanece, el tiempo se descuelga de los horizontes amorosos, que la hizo suya Diomedes y puso al mundo vallenato a gozar, llorar, parrandear, sufrir y celebrar la vida:
María Tere
Ella es antioqueña de la serranía
Pero fue allá en Cali
donde nos conocimos
Y cuando vio que me venía
se puso triste y quedó llorando
quisiera escribirte, pero dime dónde
porque quiero darte prueba de mi amor
te mandaré un ramo de flores
y sobre las flores, mi corazón
¡Ay! María Tere, María Tere
la antioqueñita de ojos verde
solo te pido que me recuerdes,
Que me recuerdes, mi María Tere
Oye María Tere, oye María Tere
Yo tengo razones para estar muy triste
Cuando recuerdo tus ojos verde
y aquellas cosas que me dijiste
Adiós María Tere, adiós María Tere
Para complacerte, me vengo a despedir
Me gustaría volver a verte
En las orquídeas de Medellín
María Tere, María Tere
la antioqueñita de ojos verde
Solo te pido que me recuerdes,
que me recuerde, mi María Tere.
Y recuerdo a Diomedes Díaz en Farriar, municipio José Joaquín Veroes, esa noche memorable del mes de marzo del año 2003, cuando celebrábamos las fiestas en honor a la santa patrona Nuestra Señora de Lourdes. Él primero hizo un recorrido por la comunidad con vecinos de la zona para después llegar al estadio Las estrellas de Veroes, se subió a la tarima y su música se hizo dueña de nosotros.
Y cayendo la madrugada con la brisa matutina y barcos de nubes en el cielo sobre los cuatros vientos, Diomedes Díaz interpretó “La Plata” (puya vallenata), una canción que refleja fielmente su tormentosa y corta vida que no fue cuentos de hadas, porque su fama y su fortuna fueron adquiridas con el caro precio de sangre, dolor y sufrimiento.
Y en ese mismo barco, hice un recorrido inverso en el tiempo en la década del 70 en Farriar, cuando en la fiestas de los sábados invitaban a las muchachas en la casa de las señoras Concha Arteaga y Gumersinda Betancourt ( QEPD) con sus respectivos pickup bailábamos al ritmo de vallenato con las canciones de Alejo Durán, Rafael Escalona, Juancho Polo Valencia, Alfredo Gutiérrez, Aníbal Velásquez, Calixto Ochoa, Los Corraleros de Majagual y otros que se van con la página.
Allí compartíamos la alegría, el respeto, el encuentro, la querencia, el arraigo, y celebrábamos la vida con esos pasos inventados por nosotros, y el viento de alas anchas derramó manchas de plátanos que corren por nuestras venas.
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