Al Dr. Antonio “Tony” Fermín
Perico Macoña y Amparo Arrebato, dos temas clásicos de la música popular afrojibara antillana y caribeña que se quedaron tatuados en la comunidad, y cuya vigencia en el tiempo es, al parecer, imbatible. Estos personajes vivieron en los paraísos artificiales y salieron con las memorias quebrantadas de tanto pescar estrellas en el valle de la niebla.
Dos guaguancó donde el humor, la picardía y la sátira les dan valor de crónica social con algunos detalles felices; aquí se convierte en soneo, quizás más sugerente, definitivamente más irónico, con un lenguaje musical en clave para iniciados en la jerga del arrabal.
Un paradigma de la salsa, cuya concreción parte de anécdotas para el soneo, y donde la realidad y la ficción se extrapolan convirtiéndose en un arquetipo humano.
Dame un cachito pa’ huele Eddie Palmieri, que el músico cubano Arsenio Rodríguez en 1946, quiso decir más de la cuenta con ese erótico pase de Perico. Estos dos guaguancó fueron recreados por Ángel Canales y su orquesta y Bobby Cruz con la orquesta de Ricardo Ray. Está el vicio, pero también la virtud. ¿Y ellos qué son en definitiva? El denso material musical para realzar una realidad avasallante del tejido social.
La música de Canales, Bobby Cruz y Ricardo Ray, radicalmente salsosa, les hizo ganar un sitial importantísimo dentro del área caribeña. Hubo enemigos que intentaron rebajar su música al nivel de la mediocridad en que ellos se movían, pero contaron igualmente con partidarios acérrimos, que ensalzaron sus nombres.
Ángel Canales y Bobby Cruz con la orquesta de Ricardo Ray alcanzaron en los últimos 50 años un prestigio y una resonancia que no tuvieron otros cantantes de salsa de igual o parecida jerarquía, haciéndose portavoz en la melodía, la sonoridad y en los compases del montuno, y en ese bárbaro que llamamos ritmo.
¿Y quién era Perico Macoña y Amparo Arrebato? Una anécdota para el soneo. El mulato de la esquina y amante de Amparo Arrebato evidencian una connotación socio-cultural. ¿Y por qué esos cigarrillos mareaban tanto a Perico Macoña? Dime, ¿qué coño es?
Frente a la descolorida y lagrimiante salsa. Surgió la voz de Ángel Canales y Bobby Cruz con la orquesta de Ricardo Ray. Es ley vital, también aplicable a los acontecimientos de la cultura, que nada se pierde, sino que se transforma, como en la célebre ley física: que todo lo nuevo se apoye en lo pasado atendiendo a las instancias naturales y humanas que cada época presenta, que nada surge por azar, sino mediante un proceso de maduración y selección en que intervienen los más diversos y heterogéneos elementos y factores del hombre y su realidad, tanto material como espiritual.
Pues bien, en este guaguancó, como nada surge de la nada, era necesario fundamentarse en una experiencia válida, asimilar lo sustantivo y, sin dejarse ganar por los modelos. Pero hacía falta algo todavía: las manos experimentadas que pusieran orden en las notas del piano para insuflar frescura en los acordes con la marcha melódica en el montuno por parte de los pianistas, compositores y arreglistas José Madrid y Ricardo Ray.
El estilo de Madrid y de Ray en el piano, con un montuno sólido y lento, como en la mejor tradición cubana, sirvió de apoyo para el vigor definitivo que siempre ostentaron estas orquestas que, como es común en la salsa, nunca sobrepasó la decena de músicos. El crédito para Madrid y Ray, por lo tanto, es necesario.
Fue el medio ideal para traducir la precisión del lenguaje musical; mucho más en la inspiración y entusiasmo que en Canales y Cruz, fue mero talento desbordado. Por eso, yo conocí a Perico Macoña con Amparo Arrebato en Farriar en una rumba donde el sabrosón jaleo volaba más alto que el infinito.
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