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martes, febrero 10, 2026
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Notas desde Farriar…El modelo económico venezolano

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“De dos cosas peligrosas debe cuidarse el hombre nuevo: de la derecha cuando es diestra, y de la izquierda cuando es siniestra”, Mario Benedetti

La economía venezolana no puede estudiarse solo en Adam Smith, David Ricardo o Carlos Marx; se debe acudir a otras fuentes. Los tres grandes pensadores que he citado volcaron sus inquietudes de estudiosos o sus inconformidades de filósofos sobre el modelo inglés de desarrollo capitalista, el más completo y avanzado en la época en que ellos vivieron.

Entre la Inglaterra de aquellos tiempos y la Venezuela de hoy, entre el modelo económico en el cual estaba engarzada Inglaterra y el que engarza ahora Venezuela, media todo un abismo diferenciador. El problema de aquella Inglaterra era cómo producir; el de este socialismo petrolero es cómo repartir. En otras palabras, el modelo inglés que estudiaron los clásicos y Marx era un modelo productivo, el venezolano es un modelo distributivo.

Aquí nada importa que produzcamos o no suficiente yuca, papas, arroz o maíz, porque lo que falte se importa. Para ello disponemos, por obra del socialismo petrolero, todavía de altísimos valores comerciales. Aquí ha desaparecido la agricultura casi por completo y no ahora, cuando con este proceso viene gobernándose con cierta torpeza; desde hace mucho tiempo las labores agrícolas vienen languideciendo. Ninguna catástrofe ha ocurrido, unas pocas molestias en la mesa por ausencia temporal de algún plato, debido a la desaparición de algunos o varios de sus componentes.

El modelo inglés, mencionado más arriba, que ha normado el desarrollo capitalista del mundo desde 1815, es de tipo productivo; el de Venezuela, por ser petrolero, es de tipo distributivo. La diferencia está en que Inglaterra debía producir los valores con los cuales templó y engrandeció su economía, y alcanzó, mediante ellos, la preeminencia que la colocó a la vanguardia del progreso humano.

Venezuela no produce el petróleo, solo lo extrae; vale decir, lo arrebata a la naturaleza, su madre, que lo depositó en los socavones del subsuelo. El auge histórico de Inglaterra se debió al trabajo humano; el de Venezuela fue y es una gracia de la naturaleza. Inglaterra vivía de producir capitales; Venezuela viene viviendo de repartir y aprovechar una renta.

Los modelos rentistas, como el de Venezuela, son de extracción, no productivos. Basta extraerle a la naturaleza lo que ella formó para que aquí haya abundancia. Otro ejemplo permitirá captar las diferencias con una sola mirada. Inglaterra, la de la reina Victoria, que sirvió a David Ricardo y a Carlos Marx de yunque o banco de ensayo para estudiar una economía capitalista típica, tenía varios millones de obreros que, explotados, engendraban los valores que llevaron a ese país a la cúspide y allí lo conservaron.

Aquí todo el país es mantenido por los 100 mil obreros enrolados en la nómina de PDVSA. Es decir, en el modelo capitalista, el gran explotado es ante todo el obrero, en el modelo distributivo es la naturaleza la gran explotada. Claro que, sin el brazo del obrero que extrae el negro mineral de la entraña terrestre, no habría renta efectiva; sin embargo, es la sustancia oculta bajo la tierra lo fundamental.

Los costos en Inglaterra eran decisivos; en definitiva, no era la flota de su majestad, no eran las barras de oro depositadas en el banco de Inglaterra, sino la superior productividad de las fábricas inglesas el origen de la preeminencia que permitía atalayar y sostener el poderío imperial con sede principal en el Palacio de Buckingham.

La renta petrolera es tan descomunal que no importa si los trabajadores son eficientes o no, rendidores o no. El costo de extracción es hoy de 10 a 20 dólares el barril, el precio internacional. No tiene aquí sentido el cálculo económico en la acepción que se le otorga a esta palabra en los textos de Economía Política.

Eficientes o ineficientes, disciplinados o indisciplinados, los venezolanos recibimos todos los días el cheque que nos deposita el Mercado Mundial por el millón 200 mil barriles que vendemos en el exterior a Estados Unidos (valga decir, el Imperio). Tan poco importa producir o no, ser o no ser eficientes, que la producción petrolera ha descendido desde 1995 en proporciones catastróficas.

En aquel año llegamos a producir casi tres millones y medio de barriles; hoy no pasamos de 800 mil, según la Opep, que no es el imperio, pero sí ejerce su propio imperialismo. Si en Colombia llegase a bajar la producción cafetalera en un cinco por ciento, se oirían potentes voces de alarma y eso que hoy el café no representa ni un 10 por ciento de las exportaciones legales de ese país.

La economía del modelo de extracción y signo rentista es además monopolística, burocrática y corrompida. El monopolio florece en ellas, tanto en el estatal como en el privado, de manera fácil y fulminante.

La nómina del Estado venezolano es hoy de algo más de dos millones de personas; la de Brasil, con 10 veces más población, no llega a esa cifra. La burocracia venezolana tiene, por desgracia, fama de corrompida en toda América. A veces se exagera, pero jamás se miente en cuanto a tal condición.

Donde los valores no se obtienen del trabajo o no ha costado esfuerzo alguno producir la renta, florecen los vicios de Sodoma y Gomorra. El modelo petrolero es próspero y espléndido, pero en su reverso impera la ineficiencia, la demagogia y lleva en su seno engendrar paquetes neoliberales, devaluaciones y corrupción.

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