Lo mejor de la internet es la posibilidad de encontrar joyas escondidas, algunas casi perdidas, como es el caso del libro «The Town of San Felipe and Colonial Cacao Economies» en español “El pueblo de San Felipe y las economías cacaoteras coloniales”, del profesor Eugenio Piñero.
Este texto se centra en el estudio de la economía cacaotera de la Provincia de Caracas en el siglo XVIII, durante la época colonial, teniendo como punto de partida un pueblo cacaotero: San Felipe.
En él se promueve la idea de que la economía cacaotera de la Provincia de Caracas generó vínculos con las economías internas de las provincias. El auge del cacao, tierra adentro, impulsó la demanda de otros bienes de consumo, especialmente provenientes de los llanos, como la carne para alimentar a esclavos y pieles para empacar el cacao, cuyos precios eran bajos debido a la alta oferta.
Menciona también el poder y valor comercial de los medios de transporte, mulas y canoas. Lo que nos hace recordar de nuevo dos puntos en la historia de nuestra región: la importancia del rio Yaracuy para un eficiente manejo de los productos que salían de la ciudad de San Felipe, y la participación de salteadores de caminos que interceptaban las recuas de mulas cargadas de cacao. También explica la importancia de San Felipe, el pueblo cacaotero, como aportante fiscal a las arcas de la Corona española.
Un punto que sorprende es que el destino inicial del cacao producido en la Provincia de Venezuela era el puerto de Veracruz, Nueva España, hoy territorio de la República de México, en donde se reunía con el cacao de esa región antes de ser enviado a la España peninsular.
Otro punto interesante es que el autor reitera las propiedades botánicas del cacao y su alto valor económico, pues su cultivo requiere poca inversión de capital inicial, pero genera altos retornos. Esto también trajo otras implicaciones de orden social.
La estructura del sector productor estaba dominada por pequeñas propiedades, de bajo valor real y de inversión inicial baja (con menos de 2.000 árboles), lo que facilitó la participación de diversos estratos sociales, incluyendo esclavos y mujeres; lo que debió ser un pandemonio muy complejo que involucró, además de los productores, a comerciantes, corredores, transportistas y la Compañía Guipuzcoana.
Señala en su trabajo el profesor Piñero que el comercio legal en las primeras etapas no fue controlado por los terratenientes, hacendados ni por la Compañía Guipuzcoana, por lo que era una suerte de compromiso de lealtad con la corona y el pago de impuestos.
El posterior sistema de precios fijos instaurado por la compañía llevó a los comerciantes a buscar alternativas de comercialización en donde se les dieran y obtuvieran mejores tratos. Esta situación llevó al desarrollo del alto nivel de contrabando, estimado hasta el 87 % en algunos años, principalmente con los holandeses en Curazao.
Es posible que el descubrimiento más importante presente en este libro sea la descripción de la amplia gama en la participación de factores sociales locales y empresarios regionales que resultó en la creación de fuertes vínculos internos multiplicadores de ingresos y retorno de ganancias aguas arriba de la cadena productora que beneficiaron la economía local, a pesar de las limitaciones fiscales impuestas por la Corona.
La fortuna generada se invirtió localmente en lugar de expatriarse, contrarrestando así la tesis del enclave económico y dando alguna luz para explicar la prosperidad e importancia del San Felipe El Fuerte previo a 1812.
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