El Padrinazgo Presidencial argentino existe y se rige por la ley 20.843 de 1974, la que establece que el presidente de la nación argentina se convierte en el padrino (y aquí va lo más interesante) del séptimo hijo o hija consecutivo del mismo sexo nacido en el seno de un mismo matrimonio.
Este padrinazgo, que nada tiene que ver con lo religioso, se circunscribe a asuntos muy terrenales y hasta supersticiosos. El o la beneficiaria recibe del Estado una beca integral para sus estudios (sin límite de edad), lo que podría incluir estudios postdoctorales y, tradicionalmente, una medalla de oro. Y para acceder a este fabuloso beneficio, el hijo o hija número siete de un mismo matrimonio, debe cumplir con solo dos condiciones que deben ocurrir de forma simultánea: los siete hijos deben ser del mismo sexo y haber nacido consecutivamente dentro del mismo matrimonio.
El instinto hace pensar que se trata de un intento del Estado por fomentar la fertilidad en tiempos donde la falta de incentivos a las familias grandes, los controles de natalidad, el estilo de vida agitado, el individualismo, el deterioro de los valores familiares, la proliferación de gatos abandonados, el alto costo de criar hijos, las dificultades económicas y las dificultades para el acceso a la vivienda son el posible origen de la disminución del tamaño de las familias. Pues no es así. El origen de esta ley se remonta a una leyenda popular.
La leyenda tiene dos vertientes para explicar su origen. La primera tiene sus bases en la mitología guaraní (Argentina y Paraguay), que señala a la figura del Luisón o Lobisón, una de las criaturas malditas de su cosmogonía que está fuertemente asociada con la creencia de que el séptimo hijo varón se transformaría en esa criatura monstruosa. Esta afirmación intensificó el miedo al séptimo hijo en algunas regiones, lo que hizo que la protección oficial ofrecida por el Estado (a través del Padrinazgo Presidencial) fuera vista como una medida crucial para la protección social y educativa de estos niños.
La segunda vertiente, la que tiene más fuerza, la expone una tradición, posiblemente eslava o rusa, que indica que el séptimo hijo varón se convertiría en un hombre lobo y la séptima hija mujer en una bruja. Tan en serio se tomaban este cuento en esas zonas de Europa del Este que para romper esta maldición y proteger al niño del abandono o el infanticidio, la familia del mismísimo zar solía actuar como padrinos.
Esta creencia comenzó en Argentina cuando una pareja de inmigrantes rusos, a principios del siglo XX, solicitó al entonces presidente José Figueroa Alcorta que apadrinara a su séptimo hijo varón, siguiendo la tradición protectora traída desde su país. Fue así como se estableció de forma oficial y actualmente parte del programa oficial de becas de fortalecimiento educativo, transformando una superstición en una política de protección social y educativa.
Como resultado del cumplimiento de esta ley, son más de 11.381 ahijados presidenciales según los registros históricos e información disponible. El número incluye a los niños y niñas que han sido apadrinados desde que la tradición comenzó en 1907, primero a través de decretos presidenciales y luego por ley. Por extraño que parezca, ninguno de los beneficiados aparece o tiene el estatus de figura pública conocida. Posiblemente esta sea una ley única en el mundo, con un oscuro origen, que ahora se cataloga como un fenómeno legal y social distintivo de Argentina.
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