Así lo anuncia el Padre celestial en nombre de nuestro Señor Jesucristo, después de haber sosegado su ira. Mas la paz durará en la medida en que el amor al prójimo crezca en abundancia, y así florezca en vosotros, mis hijos, la fe en el Padre, en el Hijo y en el Espíritu Santo. Porque así como os he amado, os pido que te améis unos a otros para que revivan la fe, la paz, el amor, el progreso y el desarrollo económico y social que tanto habéis deseado en vuestras oraciones, y he oído con atención”.
Porque escrito está: El Señor ha quebrantado la vara de los impíos, el cetro de los gobernantes. El que hería al pueblo en ira con golpe continuo, aquel que gobernaba a las naciones con saña, hoy es perseguido y nadie lo impide.
Ha llegado el tiempo del summum bonum, «el bien supremo» o «el bien más elevado», que no solo debe ser referido a un concepto de principio filosófico, a la felicidad, a la virtud o a la unión en lo divino del mundo; es que debemos hacerlo y construirlo en nuestros pensamientos y sentimientos.
El eslabón conexivo debemos hacerlo fuerte en los distintos principios ideológicos y religiosos, cuyo vínculo sea vital e indestructible, cual cadenas que unan a las nuevas generaciones a las generaciones del ayer de noble comportamiento de civilidad democrática y libertaria. Inspirado este ideal, no solo por los que aún vivimos, sino por los que han cruzado el honroso velo.
Leamos con fe y amor y misericordia: La verdad y el amor se abrazaron y encontraron la justicia y la paz besándose. La verdad brotará de la tierra, y la justicia mirará desde los cielos.
Hermanos, ¿no hemos de seguir adelante en una causa tan grande como es lograr la libertad, que estamos por aterrizar en ella? ¡Avanzad, en vez de retroceder!, ¡Valor, hermanos; e id adelante, adelante a la victoria!. ¡Regocíjense vuestros corazones y llenaos de alegría!
¡Prorrumpa la tierra en canto!, ¡Griten de gozo las montañas y todos vosotros!, ¡Valles, clamad en voz alta y todos vosotros, mares y tierra seca, proclamad las maravillas de vuestro rey eterno, el Padre celestial!, ¡Ríos, arroyos y riachuelos, corred con alegría!, ¡Cuán gloriosa es la voz que oímos de los cielos, que proclama en nuestros oídos gloria, salvación, honra, inmortalidad y vida eterna; reinos, principados y potestades! Amén.
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