El deseo unánime -me refiero a propios y extraños- es que nuestro país alcance su paz, su democracia, su libertad y su formal y consolidada economía.
Para ello, el esfuerzo también para propios y extraños. Un país envuelto en el peor caos político, económico, social, militar y hasta moral es un país en total desastre tal como si viniera de una guerra. ¡Claro que nuestro país viene de una infernal guerra política y económica por más de 20 años!
Ello obliga a entender que la estrategia está en manos extranjeras; aunque nuestro destino sea salir adelante por encima de todos los obstáculos habidos y por haber, hay que tener una óptica bien clara: ni dormirse en los laureles, ni adelantarse a buscar esos laureles en ya destiempo.
Es mirar con largavistas el futuro inmediato, mediato y a largo plazo; observando atentamente cómo se irá reconstruyendo el país día a día y paso a paso lentamente, pero no a pasos agigantados, que es lo deseable, pero seguros de no volver atrás.
Me inclino convencidamente a pensar que uno de los primeros pasos -una vez ya en el tiempo presente- de los fabulosos ingresos económicos petroleros y su honesta administración, es y debe ser mejorar sustancialmente la capacidad adquisitiva salarial del pueblo en general. Es decir, trabajadores activos, jubilados y pensionados.
Solo así se podrá entender que el país va rumbo a un mundo diferente, al encuentro de su propio y seguro destino de lo ansiado, deseado y merecido después de tanto sufrimiento de sol a sol.
Dios es grande y poderoso, por ello jamás abandona a sus hijos. Que así sea. Amén.
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