Feliz Año 2026 les deseo a todos mis lectores con salud, bendiciones y prosperidad. El tema con que iniciamos la columna en este nuevo año radica en cómo la sociedad en la actualidad viene marcada por la inmediatez, el consumo y la obsesión por el éxito material.
Hablar de lujo suele asociarse a bienes costosos, estatus social o privilegios económicos. Sin embargo, existe un privilegio más profundo, silencioso y a menudo olvidado por todos: los lujos de la vida misma.
Vivir es, en esencia, un acontecimiento extraordinario; respirar, pensar, sentir, aprender, equivocarse, amar y reconstruirse son experiencias que no pueden comprarse ni garantizarse. No obstante, la rutina, la presión social y la lógica productivista han llevado a normalizar la vida como si fuera un recurso infinito y desechable. En este contexto, reivindicar el lujo por la vida se convierte en un acto de conciencia y, a la vez, de resistencia.
El lujo por la vida implica colocar la dignidad humana en el centro de nuestras decisiones. Significa reconocer que ninguna meta profesional, ningún reconocimiento académico ni ningún logro económico tiene sentido si se obtiene a costa de la salud, la ética o el respeto por el otro.
A veces se nos olvida que muchos de nosotros somos afortunados de haber llegado a cierta edad, donde los silencios pesan menos y las verdades pesan más; por ello señalo que la vida misma nos enseña cuatro lujos que no caben en ninguna cartera y que, por supuesto, no se compran ni con todo el oro del mismo.
El primero es la salud, este lujo que nunca valoramos cuando lo tenemos a manos llenas; por ejemplo, antes corríamos, subíamos escaleras, jugábamos como nunca, entre otras cosas. Hoy quizás ya no funcionamos al cien por ciento, pero respiramos y caminamos y debemos agradecer que todavía el cuerpo puede realizarlo, pero la salud es un lujo que debemos celebrar cada mañana.
La paz es el segundo lujo que solo llega cuando uno ya discutió lo que tenía que discutir. La paz es ese respiro profundo que te dice que se hizo lo que se pudo, pero descansando tranquilamente sin nada pendiente.
El tercer lujo es la sabiduría. La verdad no se presume con títulos colgados ni personas que creen saberlo todo; hablo de la sabiduría que se gana con las caídas y enseñanzas de cada día, lo que te dice cuándo quedarte o irte; esto no te lo enseña nadie, pero la vida te obliga a que debes aprender.
Y el cuarto lujo es la familia, la que te ha tocado formar con cariño, esfuerzo, errores y aciertos y que, aunque sea un pedacito de un verdadero amor, también es un gran esplendor. Disfrutemos la vida, porque llegar a una edad avanzada ya es un privilegio, y vivirla con conciencia, con gratitud y amor es el lujo más grande que tenemos.
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