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jueves, enero 22, 2026
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José Prado…El costo invisible de la arrogancia

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La arrogancia es un tema fascinante, estimados lectores, porque camina en la delgada línea entre la confianza en uno mismo y la desconexión con la realidad. En un mundo que premia la seguridad personal y el «marketing de uno mismo», la línea entre la autoconfianza y la arrogancia se ha vuelto peligrosamente delgada.

Mientras que la primera abre puertas y construye puentes, la segunda levanta muros invisibles que terminan por aislar a quienes, irónicamente, se creen por encima del resto de los seres humanos.
Contrario a la creencia popular, la psicología moderna sugiere que el arrogante no siempre sufre de un exceso de autoestima. A menudo, la arrogancia es un mecanismo de defensa; una armadura brillante diseñada para ocultar una profunda fragilidad interna.

El arrogante no busca ser admirado por sus logros reales, sino que necesita que los demás se sientan inferiores para él poder validar su propia valía; esto lo explican expertos en comportamiento humano en los actuales momentos. Esta necesidad de validación externa es, en esencia, una dependencia que contradice la supuesta superioridad que el individuo intenta proyectar.

En el ámbito laboral, político, social o familiar, la arrogancia tiene consecuencias tangibles: fuga de talentos; los equipos bajo líderes arrogantes experimentan una rotación un 30 % mayor, aproximadamente.

Ceguera cognitiva: el arrogante deja de escuchar advertencias o simplemente opiniones, lo que suele derivar en errores estratégicos catastróficos, erosión de la empatía social o familiar; se pierde la capacidad de conectar con las necesidades del entorno, priorizando el ego sobre el bien común.

Por ello, estimados seguidores, frente a este fenómeno surge el concepto de humildad, una capacidad de reconocer que no lo sabemos todo y que nuestras opiniones pueden estar equivocadas. No se trata de falta de carácter, sino de una apertura mental que permita el aprendizaje continuo y recíproco.

La verdadera grandeza no necesita ser anunciada a gritos ni requiere pisotear a otros para destacar. Quizás el acto más revolucionario y elegante que podemos practicar sea la sencillez.
Al final del día, el espejo de la arrogancia solo devuelve una imagen distorsionada; la realidad siempre termina por pasar factura.

No seas esa persona donde la arrogancia sea tu denominador común; busca siempre la sencillez y la humildad; esto te hará más fuerte interna y externamente, y podrás brindar a los demás eso que esperan de ti: un verdadero apoyo y ayuda sin ínfulas de que sabes más que los demás. Sé tú mismo ante tu grupo familiar y laboral y, por supuesto, ante la sociedad. Enhorabuena.

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