El Señor Jesús les dijo a sus apóstoles: «Vosotros sois la sal de la Tierra, vosotros sois la luz del mundo», y si extrapolamos esta frase, podríamos pensar que el Señor Jesús también nos dice a nosotros, quienes deseamos ser sus discípulos: Que debemos encarnar las cualidades que tienen estos dos conceptos.
Ya en el Antiguo Testamento se recomendaba que todo lo que ofreciéramos a Dios llevase sal, que da sabor a los alimentos y los preserva de corrupción, y la luz es la primera obra de Dios en la creación y es el ideal del mismo Señor Jesús, quien enseñó que las tinieblas significan muerte, infierno, desorden y mal.
Los discípulos de Cristo deben ser las sal de la Tierra, buscando encarnar todos los valores del hombre evitando la corrupción y ser también la luz que señala el camino y oriente en la oscuridad con una conducta: irreprochable y sencilla, brillando como unos luceros, en sus trabajos y sus quehacer, pero cuando vemos nuestras circunstancias y no llevamos la doctrina de Cristo, parece que hubiéramos perdido la sal y la luz de Cristo, los valores humanos se vuelven intrascendentes o se corrompen y la vida civil se ve marcada por ideologías secularizadas.
La negación de Dios o la limitación de la libertad religiosa y la importancia o éxito económico respecto a los valores del trabajo humano, del materialismo y hedonismo que atacan a la familia prolífica y unida y la tutela moral de la juventud, o un nihilismo que ataca el problema de los pobres, emigrantes y minorías étnicas o religiosas.
Hay muchos males, producidos por renegados de la fe cristiana, que eran garantía de una vida equilibrada de personas y comunidades. Entonces, pensadores cristianos han llegado a la conclusión de que es necesario reevangelizar de nuevo a Europa y al mundo—a causa de la renuncia de miles de cristianos que no han querido ser sal y luz como el Señor lo pidió.
Cristo nos dejó su doctrina y su vida para que los seres humanos encuentren sentido a su existencia y hallemos nuestra felicidad y salvación, y no puede ocultarse una ciudad ubicada en la cima de un monte, no se enciende una luz para ponerla debajo de una mesa o de una cama, sino en una lámpara ubicada en lo más alto de ese espacio para que alumbre a todos los habitantes de esa casa.
El Señor agregó que alumbre así tu luz, para que los hombres vean tus buenas obras y glorifiquen a tu Padre que está en los cielos. Es necesario, en primer lugar, tener una vida ejemplar con una conducta limpia, una vida sencilla, plena de virtudes humanas, y con una luz por delante.
Frente a esa inmensa influencia del materialismo y sensualidad actual, el Señor desea que nuestras almas, hijas de Dios, creen una ola muy grande, blanca y poderosa, que neutralice la corrupción que ha inundado el orbe, llevando a Cristo a nuestro trabajo, para que él no sea un extraño en nuestra sociedad.
Debemos transformar nuestro mundo comenzando en nuestras actividades cotidianas, en la familia con nuestros hijos y en nuestro trabajo profesional, si nos ven alegres en medio de la mediocridad, contradicción y dolor, pero con actitudes cordiales.
San Pablo urgía a sus amigos de éfeso: ¡Os conjuro a que os portéis de una manera digna de la vocación a la que habéis sido llamados! Amigos, es necesario que nos conozcan cómo hombres y mujeres alegres, sencillos, veraces, leales, trabajadores, optimistas que cumplen con rectitud sus deberes y que saben actuar como «hijos de Dios», que no se dejan arrastrar por cualquier corriente. La vida cristiana consistirá entonces en una señal para conocer el Espíritu de Cristo.
Juan Pablo II nos dijo: “Jesucristo tiene necesidad de vosotros; de alguna forma ustedes le prestan su rostro, su corazón y toda vuestra persona, convencidos, entregados al bien de los demás”. Servidores fieles del Evangelio, y será el propio Jesús que quede bien, pero si ustedes son flojos y viles, oscurecerían su auténtica identidad y no le harían honor.
No perdamos nunca de vista esta realidad; los demás verán a Cristo en nuestro sencillo y sereno comportamiento diario. En nuestro trabajo y descanso, al recibir buenas o malas noticias, cuando hablamos o guardamos silencio, pero para esto es necesario seguir de cerca a Jesús.
El profeta Isaías enumera varias obras de misericordia, que permitirán al cristiano mostrar la caridad de su corazón, amando a los demás, como los amó el Señor: ¡Compartir el pan y techo, vestir al desnudo, desterrar gestos amenazadores y maledicencias”. Entonces el Salmo responde: ¡Romperá tu luz como la aurora—Brillará tu luz en las tinieblas. Tu oscuridad se volverá mediodía!
La caridad ejercida a nuestro alrededor atraerá a muchos a la fe de Cristo, porque él mismo dijo: ¡En esto conocerán que sois mis discípulos!
Santa Teresa de Lisieux escribió: ¡La verdadera caridad consiste en soportar todo defecto del prójimo, en no extrañar sus debilidades, en edificarse con sus menores virtudes! Pero lo principal es que la caridad; no puede quedar encerrada porque no se enciende una luz para ponerla debajo de una mesa o de una cama, sino en una lámpara arriba para que ilumine a todos los habitantes de esa casa. No solo a los que más quiero, sino que a todos los que habitan esa casa.
Queridos amigos, pidámosle a la Santísima Virgen María que sepamos ser sal que impida la corrupción de la sociedad y luz que no solo ilumine, sino que caliente con vida y palabra el amor amable de Jesucristo.
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