El Evangelio nos revela todas las obras de misericordia que hizo nuestro Señor Jesucristo en su vida terrenal; en este caso me refiero a la curación de un «endemoniado«, o sea, la victoria contra Belcebú, nombre asignado para el demonio en la Sagrada Escritura.
Este hecho es una señal más de la forma exacta de la llegada del Mesías que vino a salvarnos de la esclavitud del pecado o del demonio. En este caso el hombre gritaba: “¿Qué hay entre nosotros y tu Jesús Nazareno vinisteis a perdernos? Sé quién eres: ¡El Santo de Dios!”. Pero Jesús le mandó con ímpetu: “Calla y sal de él”, y quedaron todos estupefactos.
El papa Juan Pablo II dijo que «no se excluye que el espíritu maligno ejerza su poder en lo material, y también en el cuerpo del hombre», como posesión diabólica. No es fácil discernir lo preternatural, pero ni la Iglesia en principio puede negar que, en su afán de dañar o conducir al mal, Satanás puede llegar a esta extrema expresión de superioridad.
La posesión diabólica aparece en el Evangelio acompañada de algunas enfermedades como epilepsia, sordera y mudez. Los posesos pierden el dominio sobre sí mismos, gestos y palabras. Por eso los milagros que realizó el Señor muestran la llegada del reino de Dios y la expulsión del demonio fuera del reino.
Entonces, el príncipe de este mundo fue echado fuera. Y cuando los 72 discípulos del Señor volvieron alegres, le dijeron al Señor: “¡Hasta los demonios se nos someten en tu nombre!”. Y el Señor les contestó: “¡Veía yo a Satanás caer del cielo como un rayo!”.
Porque desde la llegada de Cristo, el demonio se batió en retirada, aunque muchos hombres se alejan de Dios por el pecado y quedan sometidos a la peor de las esclavitudes por el demonio. El Señor dijo: “¡En verdad os digo, todo el que comete pecado, esclavo es del pecado!”.
Entonces, debemos estar vigilantes para discernir y rechazar las insidias del tentador para dañarnos, ya que después del pecado original, nuestra conciencia quedó dañada en un 85 por ciento y hemos quedado sujetos a pasiones y concupiscencia, porque fuimos vendidos como esclavos al pecado. Entonces, toda la vida humana individual y colectiva se presenta como una lucha dramática entre el bien y el mal, entre luz y tinieblas.
Por eso debemos dar el mayor sentido a la última petición que Cristo nos enseñó en el Padre Nuestro: «Líbranos de todo mal», para mantener a raya la concupiscencia con la ayuda de Dios.
Además del hecho histórico concreto que nos muestra el Evangelio, con la luz de la fe podemos ver en este hombre poseído por el demonio a todo pecador que desea convertirse a Dios librándose de Satanás y del pecado.
La ofensa a Dios es una realidad. La Iglesia Católica nos enseña que existen pecados mortales que causan la muerte de la vida sobrenatural y que hay otros llamados veniales, que no se oponen radicalmente a Dios, pero que obstaculizan las virtudes y nos ayudan para caer en pecados graves.
San Pablo nos recuerda que fuimos rescatados a un precio muy alto y nos exhorta a no caer en la esclavitud del pecado siendo muy sinceros con nosotros mismos.
En primer lugar, para desterrar este mal, es necesario conducirse con la disposición actual clara de aversión al pecado. Con sinceridad hemos de sentir en el corazón y nuestro entendimiento horror al pecado grave, y también debemos tener una actitud arraigada de abominar el pecado venial.
El pecado mortal es la peor desgracia que le puede suceder a un cristiano. Cuando este se mueve por el amor, todo sirve para la gloria de Dios y la de nuestros prójimos, pero cuando este se deja seducir por el demonio, se produce un desorden social que lo aleja del Creador.
Entonces, pidamos al Señor esa capacidad de evitar toda ofensa a Dios; debemos usar esa frase del profeta Jeremías: “¡Pasmaos cielos, de esto y horrorizaos de sobremanera!, dice Yahvé. !Un doble crimen ha cometido mi pueblo, dejarme a mí, fuente de agua viva, para excavar cisternas agrietadas incapaces de retener el agua!”.
Un solo pecado existe a veces de una forma oculta o visible, una influencia misteriosa en la familia, los amigos, la Iglesia y la humanidad entera. Si un sarmiento enferma, todo el organismo se resiente: Si un sarmiento queda estéril, la vid ya no produce el fruto que de ella se esperaba.
Es más, otros sarmientos se pueden enfermar y morir. Entonces, renovemos hoy el propósito de alejarnos de todo aquello que pueda ser ocasión de ofender a Dios: lecturas, espectáculos, inconvenientes, ambientes donde desentona la presencia de hombres o mujeres que siguen a Cristo.
Amemos mucho el sacramento de la penitencia y enseñemos a amarlo a los demás. Pidamos al Señor que sea una realidad esa sentencia popular: “¡Antes morir que pecar!”. Señor, dame tu luz, tu fuego y tu amor, que nos purifique, para no empequeñecer nunca la grandeza de nuestra vocación y luchar contra los pecados veniales que son los causantes de la mediocridad espiritual.
San Francisco de Sales decía: “¡Ten siempre verdadero dolor de los pecados que confiesas, por leves que sean, haciendo un firme propósito de enmienda para después!”. Amén.
Leer también: Fidelidad a la gracia




