Solo sol, agua, aire, tierra e inteligencia humana son los pilares de la agricultura ancestral que hoy regresa bien posicionada a la campiña, para hacer más viable, más sostenible y resiliente la agricultura regenerativa, esa que viene avanzando solapadamente, desplazando aquella que en su momento estelar fue salvadora, que implica la eliminación de todo insumo de síntesis, de transgénico o de edición genética.
En la década entre 1960 y 1980 irrumpió en la agricultura una revolución que haría historia por los múltiples beneficios que trajo consigo al salvar a millones de personas del hambre y la desnutrición. Un hombre, un genio, constituido en leyenda, Norman Borlaug, conocido como “el salvador”, galardonado con el Premio Nobel de la Paz en 1974, transformó la agricultura mundial con semillas de alto rendimiento y tecnología.
Borlaug salvó a millones del hambre, pero con altos costos ecológicos y sociales, aumentó la producción de cereales (trigo, maíz, arroz) en un 250 %, redujo precios y evitó hambrunas, y a la vez generó dependencia de insumos químicos, agotamiento de suelos e incremento de la desigualdad social; en resumen, se redujo la disminución del hambre en Asia y América Latina.
En pleno siglo XXI, el hombre del campo, el labriego, el empresario agrícola, quienes se vieron afectados de cualquier forma, positiva o negativamente unos, los grandes favorecidos totalmente, y los otros, los pequeños o medianos agricultores, con su acceso limitado por sus propias condiciones económicas menguadas o reducidas.
Unos y otros sufrieron de los coletazos, los daños y las secuelas de la otrora revolución verde, cuya muy aplaudida llegada se constituyó en una revolución tecnológica eficaz para la producción a corto plazo, pero dejó una huella ambiental alta impulsando una revolución sostenible o regenerativa.
La “revolución verde” está quedando atrás; otras acompañadas de innovaciones, avances tecnológicos, la era digital, la robótica están avanzando de manera exprés, dando pasos firmes y seguros que su similar, más humana y eficaz, bajo el mandato expreso de enmendar y mejorar lo hecho por su predecesor, que en su momento fue útil, indispensable y encomiable al reducir el hambre, la desnutrición y la superación de la baja productividad del campo.
Quienes fueron sujetos de esa revolución aún no se recuperan del todo. Al igual que muchas de sus tierras, así lo atestiguan las fuentes de quienes lo padecieron, producto de unas tecnologías consideradas como la mejor, como en efecto lo fue, por sus acertados resultados y, por qué no, de sus desaciertos; sus huellas así lo evidencian: suelos degradados, afectación de la salud humana, del ambiente y de la biodiversidad, daños colaterales, dependencia y sumisión esclavizante de los insumos.
Las nuevas generaciones, las presentes y las que se gestarán, serán protagonistas de su propio destino, quieren dejar una huella imborrable a su paso, han aceptado el reto de asumir la defensa de los valiosos recursos naturales, retrayéndose a la época de sus antepasados campestres, cuando sus ancestros al cultivar las tierras solo la hendían para depositar la semilla, no quieren ser recordados como la generación que, pudiendo hacer, no hizo; quieren ser émulos de sus ancestros, de sus abuelos, quieren sentir el aroma que brota del suelo enriquecido por los desechos producto de la actividad vegetal, animal y microbiana, la esponjosidad, la soltura, percibir la vida que bulle en el suelo y que hoy anda desaparecida ahuyentada por los que llegaron después para controlar lo que la propia naturaleza controlaba.
Las nuevas generaciones de agricultores enfrentan dos grandes retos: proseguir con los postulados mejorados y enriquecidos con nuevos aliados de la revolución verde, o temerariamente y asumiendo riesgos, tomar el tren de la agricultura regenerativa.
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