La sorpresiva extracción de Nicolás Maduro en Caracas a principios de enero de 2026 por fuerzas estadounidenses ha marcado el inicio de una era de incertidumbre y reconfiguración geopolítica en el hemisferio occidental.
Bajo la administración de Donald Trump y con el secretario de Estado Marco Rubio como arquitecto diplomático, Washington ha delineado una estrategia estructurada en tres fases fundamentales: estabilización, recuperación y transición, diseñadas para asegurar el control de los recursos energéticos y garantizar una gobernanza alineada con sus intereses de seguridad nacional.
1- Fase de estabilización: El control operativo y energético. El primer y más inmediato plan de la Casa Blanca se centra en la estabilización, un término que en la práctica ha significado el control directo sobre los activos estratégicos. Rubio ha sido enfático: el paso inicial consiste en evitar que el país caiga en un vacío de poder caótico que interrumpa el flujo de crudo.
En esta fase, Estados Unidos ha establecido una relación pragmática y para muchos controversial con Delcy Rodríguez, quien asumió la presidencia interina tras la captura de Maduro. El plan implica el desbloqueo de entre 30 y 50 millones de barriles de petróleo almacenados, los cuales serán comercializados por empresas estadounidenses.
El objetivo es «correr el país profesionalmente», utilizando la infraestructura petrolera como el pulmón financiero que mantenga a flote el funcionamiento básico del Estado mientras las tropas estadounidenses en el Caribe permanecen en alerta máxima.
2- Fase de recuperación: El retorno de los gigantes energéticos. La segunda fase busca la recuperación económica mediante la reinserción masiva de capital privado. El plan estadounidense prevé que las grandes corporaciones energéticas de EE UU (como Chevron y ExxonMobil) entren al país para reparar una infraestructura devastada por años de desinversión.
Lo distintivo de este plan es su enfoque en la soberanía económica: el presidente Trump ha sugerido que Venezuela operará bajo una suerte de «tutela administrativa» de facto hasta que el negocio petrolero vuelva a ser rentable.
Además, se ha propuesto un cambio radical en la asistencia humanitaria: dejar de canalizar fondos a través de ONGs para entregarlos directamente al gobierno interino, buscando una mayor eficiencia y control político sobre la ayuda.
3- Fase de transición: reconciliación y nueva arquitectura política. El tercer plan, y el más complejo, es la transición política. Washington busca facilitar un proceso de «reconciliación nacional» que incluya la amnistía y liberación de presos políticos (un proceso que ya ha iniciado tímidamente con las primeras excarcelaciones en enero de 2026).
Sin embargo, este plan enfrenta una tensión interna evidente: mientras figuras de la oposición como María Corina Machado exigen el reconocimiento de los resultados electorales previos, la administración Trump ha mostrado escepticismo sobre el liderazgo tradicional de la oposición, sugiriendo que «dirigirán el país» hasta que consideren que existe una estructura de poder «segura y juiciosa». El objetivo final es una Venezuela que no solo sea democrática, sino que actúe como un aliado estratégico frente a la influencia de China y Rusia en la región.
En conclusión, la estrategia de «Máxima Influencia» desplegada por Estados Unidos en 2026 es un experimento audaz que combina la fuerza militar táctica con el pragmatismo económico. El éxito de estos tres planes estabilización, recuperación y transición dependerá de la capacidad de Washington para equilibrar sus intereses petroleros con la necesidad de una legitimidad interna en Venezuela.
Mientras Maduro aguarda juicio en Nueva York, el futuro de Venezuela se escribe hoy bajo una supervisión internacional que no tiene precedentes en la historia moderna del continente. Esto apenas comienza. Veremos y esperaremos. Hasta otro «Con Hidalguía».
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