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martes, octubre 13, 2026
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Notas desde Farriar…En la montaña de Sorte por Yaracuy

En el montuno “En la montaña de Sorte por Yaracuy”, Rubén Blades y Willie Colón se atreven a fusionar ritmos, aires y géneros musicales entre el son y el guaguancó materializando un nuevo formato orquestal, donde el piano aparece como instrumento armónico principal y la ampliación de los vientos a cuatro trombones que les dan un sonido gordo. Fueron estos aportes, amén del sabor y la calidad con que esta banda asume la música popular afrocaribeña que no termina en los límites de la isla de Cuba.

Aunque esta canción combine como mucha salsa, diversos ritmos y predomine posteriormente, como la mayoría, el ritmo de son o tumbao. Sin embargo, en María Lionza el repiqueteo del bongó es retrabajado, elaborado en tal forma que no resulta directo ni evidente su presencia. Es decir, el ritmo se melodiza, se presenta melódicamente.

Aparece primero en los instrumentos más graves –el bajo y los bajos del piano– y es luego reiterado entre los compases hirientes, dando la sensación de un embrujamiento, aunado en un intervalo de 1 minuto y 23 segundos de la canción con unos acordes de jazz para que posteriormente el ritmo se suelte como un vendaval de estrellas.

Esta canción con imágenes poéticas polivalentes se convirtió en un clásico grabado por Blades y Colón en la década del setenta, donde María Lionza se echa a andar por los caminos con animales que se cruzan en su largo recorrido.

Lo espectral o lo misterioso toman los escenarios bajo cuyo cortinaje se mueven, alumbrados de sol o febricitantes de luz, los elementos sobre los cuales talla una a una la piedra de su hechizo. Sin duda que se trata de un mundo penetrado por el paisaje, donde cada objeto tiene sus propias dimensiones.

Y ello hasta sentirse en todo su esplendor, la reverberante luz solar castigando con sus rejones de fuego el lomo de todas las criaturas, la superficie de las piedras, las hojas de las plantas y la textura de la tierra uniformemente áspera.

En presencia de la reina, se está al descampado donde solo la oscuridad de la noche o el follaje de los árboles de alta copa centenaria ofrecen cobijo o protección. Y sobre estas mismas características, el halo de lo misterioso, de lo fantasmal, de lo que está dentro de la inquietud del hombre emerge tenue y vaporoso.

Todo está oculto a la espera de algo que puede estar por ocurrir, pero, igualmente, todo permanece estático en el deslumbrante sopor de una magia telúricamente ancestral entre los rituales del caos o de la creación. Existe un fatalismo adentrado en ese mundo de imágenes y de símbolos que se encadenan íntima y, también, armoniosamente.

El paisaje, siempre el paisaje, entra en los escenarios rodeando a María Lionza como sujeto-objeto con cargas vivenciales que, retenidas en los rincones de la memoria, escancian, a manera de una evolución misteriosa. 

Es, en todos los aspectos, una representación edénica en la cual la reina emerge del paisaje que, como telón de fondo, lo somete casi a los escenarios de la magia. Con este canto a María Lionza, protectora de todo, hunde su ternura aldeana hasta arroparnos sudorosa y alegre con los pliegues, con un amor de madre.

Ya la reina está en su altar, donde el vaho ambiental saturado por la naturaleza es reina y cuidadora de todos nosotros. Y entre lo telúrico y mágico nace en esta canción el espiritismo, que más que una religión es una cultura arraigada a las costumbres de nuestros ancestros. 

Es una magia entre lo real y el mundo cósmico donde la persona que entra en trance (elevación) experimenta y trasciende a un mundo mágico e indescriptible, y donde el sistema de adivinación por excelencia es el tabaco, que nos traslada y nos da una sensación de visión hacia lo desconocido.

La síncopa trombonera se pone de manifiesto en este montuno, y se siente profundamente el canto caribeño del barrio y del bembé, la sabrosura rítmica de la percusión y, sobre todo, el arraigo por lo mágico-religioso, no como simple propuesta comercial y artificiosa de lo pagano con la religión, sino que la música y el baile van en función de ella con autenticidad y fe.

«En la montaña de Sorte por Yaracuy” es una canción que deambula entre lo esotérico y lo tradicional salsero que termina en el montuno con los metales. Blades siempre se ha caracterizado por tocar el son montuno y el guaguancó con mucha densidad y mucho fondo, sin dispendio ni estridencias: concentrado y acusioso, preciso y certero en el soneo, directo en los planteamientos del son, la guaracha y el guaguancó, resuelto en el enfoque; y al mismo tiempo robusto en las diversas temáticas del canto popular caribeño.

Esta característica que ahora anoto corresponde a un lenguaje musical vigoroso y encendido en fuego humano verdadero, radicalmente salsoso, huyéndole a los oropeles que gratos fueron a los epígonos de esa salsa estridente y acomplejada.

Y este esfuerzo —bien logrado— de la comunicación musical es el resultado, además, de una vocación imprescindible que era enfrentar el guaguancó de manera franca, sin concesión, poniendo énfasis en los compases que no desentonan, sino más bien afirman la naturaleza comunicativa en las variantes de la salsa, sustituyendo las codificaciones rítmicas que no correspondían con acordes específicos. 

Blades, hay que reconocerlo, ha emprendido el camino de la búsqueda de nuestra identidad como pueblo, tratando de alejarse de la óptica eurocéntrica con la que siempre nos hemos intentado explicar.

Pocos artistas se han dado con tanta pasión como Blades al esfuerzo de realizar una trama de conciencia vivísima de su mundo y de su tiempo. Por eso, él resume con dignidad extraordinaria los valores e ideales de la salsa contemporánea.

Sus canciones no son otra cosa que la representación de esa sustantiva realidad avasallante latinoamericana. Un gran fresco humano en el que se da la crónica cotidiana pequeña y grande con sus arquetipos alzados en una alucinante voluntad de culpas, recompensas y castigos.

Y en un viaje que hice a Sorte contemplando el metamundo del paisaje en medio de una garganta de piedra, perforaba el silencio. Y con la reina, el portal de los Orishas y Pancha Duarte, mi madrina y protectora, no hay nadie que pretenda joder.

Me acordé de la danza celestial con un montuno dedicado a María Lionza por el sonero venezolano Carlos “Tábaco” Quintana: “Yo me voy pa’ la montaña / con mi vela y mi caja de ron… despójate, despójate / y pídele a la reina mucho salud y mucho amor /… yo te espero en Yaracuy para que la reina nos bañe con cocuy”…

Leer también: “El arte es ocio, y lo demás, negocio”

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