spot_img
viernes, junio 5, 2026
InicioOpinión"En algún momento el odio tiene que parar": lecciones de un pasado...

«En algún momento el odio tiene que parar»: lecciones de un pasado imborrable

- Publicidad -

Dicen, y con mucha sabiduría, que el azar siempre tiene la razón. Anoche, tras regresar de una de esas interminables reuniones políticas donde el dolor del país se respira en cada argumento, me senté frente al televisor. Venía con el alma cargada. Mis compañeros, con razones de sobra, se resistían a aceptar la idea de una negociación con el adversario político. Sus argumentos son los nuestros, los de todos: los caídos durante estos 26 años, la familia fracturada por la diáspora, el saqueo descarado de nuestros recursos y, sobre todo, el fantasma de la impunidad. Con esa carga en la mente, el azar me llevó a ver Un pasado imborrable (The Railway Man), una película basada en hechos reales que me dio la respuesta que tanto buscábamos en esa mesa de debate.

La historia comienza con un encuentro fortuito en un tren. Eric Lomax, un hombre maduro, conoce a Patti. Se enamoran, se casan, y lo que parecía el inicio de una vida tranquila pronto se ve ensombrecido por la realidad. Patti descubre que su esposo vive atormentado, atrapado en un comportamiento casi clandestino, prisionero de sus propios recuerdos. Al indagar, descubre la verdad: Eric fue un oficial del ejército británico capturado por los japoneses en 1942. Durante años, fue sometido a torturas extremas mientras era obligado a construir el infame «Ferrocarril de la Muerte» en Tailandia.

El trauma de Eric tenía un rostro y un nombre: Takashi Nagase, el traductor y oficial japonés que presenció y participó en su tormento.

Años después, Eric descubre que Nagase sigue vivo. Su primer instinto no fue la paz, ni la reconciliación. Fue una profunda y oscura obsesión de venganza. Viajó a Tailandia con la intención de confrontar, castigar y hacer sufrir a su verdugo. Sin embargo, al encontrarse frente a frente, ocurrió algo que desafía la lógica de la guerra: Nagase no huyó ni justificó sus actos. Reconoció la verdad, admitió el horror de lo que había hecho y mostró un arrepentimiento genuino.

En ese reconocimiento, en la exposición cruda de la verdad, algo se rompió dentro de Lomax. La venganza perdió su sentido. A través de la justicia que otorga la verdad plena, ambos hombres lograron lo impensable: perdonarse. No solo sanaron, sino que construyeron una amistad que duró hasta el final de sus días, dejándonos un testimonio monumental sobre la condición humana.
Hoy, Venezuela es un país de corazones rotos. Llevamos veintiséis años de una confrontación estéril que solo nos ha dejado llanto, familias separadas y un profundo resentimiento. Al igual que mis compañeros de lucha, entiendo la sed de justicia. Entiendo el rechazo a sentarse con quienes han causado este naufragio. Pero la historia de Lomax nos enseña que el perdón en la política no significa impunidad, ni amnesia. El perdón es un proceso doloroso que exige, como requisito innegociable, el reconocimiento de la verdad.

Para que Venezuela vuelva a su cauce democrático y en paz, necesitamos transitar ese puente. Negociar con el adversario no es borrar los crímenes del pasado, es evitar que el pasado siga destruyendo nuestro futuro. La justicia transicional no busca la venganza, busca sanar la herida para que la nación pueda volver a caminar.

En uno de los momentos más poderosos de su encuentro, Lomax le dice a Nagase una frase que hoy debería resonar en cada rincón de nuestra patria: «En algún momento el odio tiene que parar”.


«Nuestros caídos merecen ser honrados con un país libre, no con un ciclo interminable de venganza. Nuestra diáspora merece un país al cual regresar, no un campo de batalla perpetuo. El azar me recordó anoche que, si un hombre destrozado por la tortura pudo mirar a los ojos a su verdugo, exigir la verdad y encontrar la paz para seguir viviendo, nosotros, como sociedad civilizada, podemos encontrar la madurez política para sentarnos, negociar y abrirle la puerta a la democracia.

El pasado es imborrable, es cierto. Pero el futuro aún está en nuestras manos.

ARTÍCULOS RELACIONADOS

Últimas entradas

lo más leído

TE PUEDE INTERESAR