Cuando Dios creó este mundo, parecía que en esta realidad debía vivir alguien que se encargara de mantenerlo como inicialmente fue creado. Entonces, Dios para este fin creó al ser humano: hombre y hembra, y como modelo se eligió a sí mismo, usando su imagen y semejanza.
Entonces: Interesándose en este nuevo ser, que llamó hombre, le dio capacidad de crear, manejar y mantener cosas nuevas en este jardín que llamó Edén. Sin embargo, estas cualidades no significaron nunca un «castigo», sino más bien una «dignidad para su vida». Un «medio» para participar en la creación, como instrumento para crear la perfección humana natural y sobrenatural.
Ahora bien, todo esto existió antes de que este hombre se involucrara en esa tragedia llamada «pecado original», fenómeno social que trajo a su vez fatiga y cansancio, aunque el trabajo siga siendo noble por participar del poder creador de Dios. Pero aunque sea realizado en situaciones penosas, o parecidas al mundo que ya no se percibe como esa claridad de la voz divina.
El trabajo es una bendición, un bien que corresponde a la dignidad del ser humano y la aumenta. La Iglesia en las primeras páginas del libro Génesis encuentra la fuente de su convicción: El trabajo constituye una dimensión fundamental en la existencia humana sobre la Tierra. El trabajo adquirido con Cristo en sus años de vida en Nazaret y en sus tres años de vida pública; un valor redentor. En la redención, los aspectos penosos adquirieron un valor santificador para quienes lo ejercieron y para toda la humanidad.
Ahora, el sudor y la fatiga ofrecidos con amor a Dios son tesoros de la santidad. Pues el trabajo ofrecido a Dios es la participación humana en la obra de la creación y también, como expiación de todas nuestras culpas personales.
Aceptar con humildad este esfuerzo, que incluye la mejor forma de organización laboral, significa ayudar con nuestra inteligencia, voluntad y nuestros sentimientos al desarrollo de la creación.
En nuestra oración examinamos: ¿Nos quejamos en el trabajo, en la oficina, en el taller, en las tareas de la casa o en el estudio?, ¿Ofrecemos al Señor la fatiga o el cansancio noblemente hechos?, ¿Veamos si en estos aspectos menos gratos de todo trabajo hay una mortificación cristiana que nos purifique y que podamos ofrecer por otros?
El trabajo es un talento que recibe el hombre para hacerlo fructificar y además es un ejemplo de la dignidad del hombre. Es ocasión de desarrollo de su propia personalidad y vínculo de unión con los demás seres humanos: Fuente de recursos para sostener su propia familia, medio para mejorar la Sociedad en que se vive y aumento del Progreso en toda la humanidad.
Para el cristiano, el trabajo bien acabado es motivo de un encuentro con Jesucristo y un medio para que todas las realidades de este mundo estén informadas por el espíritu del evangelio. Ahora ocurre que para que el hombre se haga más hombre con el trabajo y un medio de amar a Cristo y de darle a conocer, es necesario que exista una serie de determinantes sociales: la diligencia, la constancia, la puntualidad, el prestigio y la competencia profesional en su cumplimiento y al contrario el escaso interés por lo que se realiza. La incompetencia y la ausencia laboral, son conceptos incompatibles con el sentido auténtico cristiano de la vida.
Un trabajador negligente ubicado en cualquier puesto de nuestra sociedad ofende la dignidad de esa persona y la de aquellos para quienes trabaja. El trabajo mal hecho, con desidia ofende a la sociedad donde él vive, no solo es injusto, sino que comete un pecado contra la virtud de la justicia y también contra la virtud de la caridad, por el mal ejemplo que se deriva.
El gran enemigo del trabajo es la pereza, no solo es perezoso el que deja pasar el tiempo sin hacer nada, sino que también es el que se da vueltas sin concretar nada. Los que queremos imitar a Cristo, debemos adquirir una preparación profesional u oficio adecuado, que, luego continuaremos al pasar los años. La madre de familia que se dedica a sus hijos debe saber llevar a cabo la administración de los bienes domésticos.
Deberá salir adelante en esta tarea con mentalidad profesional, ateniéndose a un horario fijo, conociendo el carácter de sus hijos y de su marido, sin perder el tiempo con conversaciones interminables ni viendo la televisión en horas intempestivas. Los estudiantes después de asistir a sus clases, deben llevar cada asignatura al día, teniendo sus apuntes al día.
El cristiano que falta a sus obligaciones temporales, nos enseña el concilio vaticano II, falta a sus deberes con el prójimo y con Dios, pone en peligro su eterna salvación. Equivocó su camino, si no cambia su camino para encontrar al Señor estará imposibilitado para la vida eterna.
El prestigio profesional se gana día a día, con trabajo silencioso, cuida su detalle a conciencia en presencia de Dios sin dar espectáculo. Tiene repercusión inmediata con los colegas y amigos. Se convierte en pedestal de Cristo, pudiéndose ver desde lejos.
Junto al trabajo profesional, el Señor pide otras virtudes: espíritu de servicio amable, sencillez, humildad para enseñar, dejar la tarea y preocupaciones a un lado. Tener un rato de oración o atender a la familia, los padres, el marido, la mujer, los amigos. El trabajo no puede avasallar el tiempo destinado a Dios, los amigos y a la familia, porque no nos estaríamos santificando, sino que nos estamos buscando en él a nosotros.
Queridos amigos, busquemos a San José para que nos enseñe las virtudes elementales en el ejercicio de nuestra profesión. José sacó de apuros a muchos con un trabajo bien acabado, con una sonrisa, o de una palabra amable. Cerca de José encontraremos a Santa María.
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