En el corazón del estado Yaracuy, donde el verdor de la Sierra de Aroa abraza la cotidianidad de sus habitantes, existió una actividad que detiene el tiempo; esa era la retreta de Guama. Conocida como la señala el historiador, paisano y amigo Dr. Ramón Avendaño: la Atenas del Yaracuy, por su inagotable herencia intelectual, artística y deportiva, entre otras.
Guama convirtió por muchos años su Plaza Bolívar en un espacio a cielo abierto, bajo la sombra de sus árboles y la mirada de nuestro Libertador Simón Bolívar, que la retreta no solo fue un concierto musical en las fiestas patronales o días de júbilo, era parte de la identidad de nuestro terruño.
Para Guama, la retreta servía históricamente como ese reloj social; los jóvenes de los años 50, 60 y 70 recordamos cómo la música marcaba el inicio y el fin del permiso para estar en la Plaza Bolívar; cuando la banda tocaba la última pieza, era la señal inequívoca de que todos debíamos volver a la casa, pues el permiso de nuestros padres acababa sanamente en ese momento.
Al sonar las primeras piezas de la Banda de Conciertos, el bullicio de su gente, con la presencia de bellas damas y apuestos caballeros, se transformaba en un silencio reverencial. Los músicos, con sus trajes impecables, representaban la autoridad, mientras el público en general se congregaba para ser testigos de una ejecución técnica de primer nivel.
Este ambiente se convertía en un escenario de sociabilidad única; mientras los directores marcaban el tiempo de un vals, la Plaza Bolívar de Guama cobraba vida propia. Era el espacio del paseo; las damas caminaban en un sentido y los caballeros en otro, permitiendo que la música fuera el cómplice vital para el cruce de miradas y palabras, el intercambio de saludos discretos, el enamoramiento y el futuro matrimonio.
La retreta funcionaba como un puente generacional; en ella, el rigor de la música se fundía con la calidez del pasodoble, el joropo y el ritmo caribeño. Hoy, cuando el eco de las retretas parece competir con la inmediatez del mundo moderno, Guama se aferra a sus pinceladas como un acto de resistencia cultural y musical.
Recordar las retretas, la visita con nuestro amor a la dulcería de “Don Marchani”, el bar Ideal, el negocio de Don Juan Unda, la venta de las cajitas de chicles a medio, por ejemplo, no es solo un ejercicio de nostalgia, sino que reafirmamos en un futuro no muy lejano el rescate de esos momentos inolvidables, bajo el amparo de una buena banda de conciertos, en donde realmente vibre el corazón de cada habitante.
La retreta seguirá siendo, por encima de todo, la prueba de que un pueblo que suena unido nunca pierde su identidad. Enhorabuena por el rescate de nuestras tradiciones.
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