No soy experto en política internacional, pero en Japón está ocurriendo algo inesperado y fuera de lo común. En las últimas elecciones realizadas para elegir al primer ministro resultó electa una dama, su nombre: Sinae Takaichi.
Esta elección aporta varias peculiaridades: es la primera mujer en dirigir un gobierno en el imperio del sol naciente. Promete un gobierno de “trabajo, trabajo y más trabajo…”. Su meta es convertir a Japón en un “archipiélago fuerte y rico”.
Plantea que “es una necesidad impulsar la defensa, subir los salarios, que las empresas instalen fábricas en el país, potenciar la tecnología, la autosuficiencia y la industria de tierras raras”.
Debido a la gran mayoría de votos obtenidos, su partido logró 316 escaños, superando los dos tercios en el parlamento, y puede solicitar cambios constitucionales en materia de defensa en un país donde el pacifismo está consagrado en la Constitución. Ahora bien, en virtud de la alianza existente con el partido de La Innovación, llega a 354 diputados.
Su madre era policía y su padre trabajaba en una empresa de vehículos. Trabajó un tiempo en Estados Unidos, es decir, vivió en la gran nación del norte. Es amiga de Trump. “Cree en un Japón con un gran ejército”.
Respecto a China, sostiene que si esta nación invade o ataca Taiwán, supondría una amenaza existencial para su país y supondría un despliegue de las fuerzas de autodefensa japonesas. Es partidaria de la modificación constitucional y desea hacerlo.
Todo esto motiva preocupación. No discuto el derecho de un pueblo a reformar su ordenamiento jurídico, ni a proteger sus fronteras, ni a lograr buenos salarios, entre otras cosas. Esas previsiones me llevan a pensar que no está lejos una guerra entre el comunismo y el capitalismo.
Me preocupa que estas potencias en los últimos tiempos utilicen argumentos para su desarrollo basados en tener un poderoso ejército, armas impresionantes y modernas. No está lejos una guerra de proporciones incalculables en la que habrá una sola víctima: ¡El género humano! Recuerdo al general De Gaulle y sus preocupaciones al terminar la Segunda Guerra Mundial, y se discutía ¿qué hacer con la Alemania derrotada?
Él sugería que no debería permitirse que Alemania se desarrollara industrialmente. Si esto se hacía, provocaría otra guerra. Decía que en cinco años esta se recuperará y que solo debería permitirse el desarrollo agrícola y, en poco tiempo, sería una potencia. Miremos, pues, a Japón y las demás potencias. Dios nos ayude…
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