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viernes, febrero 13, 2026
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Humberto Peinado Vila…Aquel nunca más

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Pronunciada y escuchada cientos de veces, se ha constituido en una frase de uso muy común en todos los estratos de las sociedades. Usada algunas veces como excusa al cometer ocasionales errores u olvidos involuntarios sin mayor trascendencia o al impedir la ocurrencia de algunos hechos.

La historia no cesa de registrar con estupor, horror, repudio, producto de la barbarie, deshumanización e indiferencia, aquellos momentos de ingrata recordación que aún en los tiempos modernos se siguen repitiendo ante la mirada indiferente e inhumana de un mundo que desestimó el llanto, los sufrimientos y el clamor de aquellos pueblos que sufrieron el paso agobiante y tortuoso de las hordas del horror, la tortura y el exterminio que asoló particularmente a Europa durante la Segunda Guerra Mundial.

Esa “nunca más”, frase o término punzante, característica expresión de valentía, sacrificio y resistencia, ha sido atribuida, entre muchos otros, a más, del pueblo protagonista perseguido por siglos de historia, a Raphael Lamkim, refugiado polaco para describir el sistemático exterminio de un pueblo y, al respecto, voces muy calificadas en un claro espaldarazo de apoyo, sostienen que hay que proteger la verdad histórica como un bien público -entender que la memoria no es nostalgia, sino prevención-, porque si la dejamos que el tiempo haga su trabajo, si aceptamos que recordar es opcional y que la verdad viene en comillas, el olvido no llega acompañado y siempre pide algo a cambio.

El pasado 27 de enero se conmemoró otra fecha de aquel 27 de enero de 1945, cuando tropas aliadas, la de los países que en estrecha alianza enfrentaron bélicamente a la Alemania de Hitler hasta derrotarla, liberaron los campos de concentración del terror y el horror de Aucschiutz, espacios creados para encarcelar y desaparecer a todos aquellos considerados como enemigos políticos y seres inferiores, siendo desde entonces ese día conocido como el Día Internacional en Memoria de las Víctimas del Holocausto por la Unesco, ese holocausto, que los negacioncitas niegan el haber ocurrido.

Hoy, aquel pueblo, que en particular sufrió el genocidio más atroz que registra la historia, se encuentra en una posición controversial, en la que al defender su existencia como pueblo, perpetúa el sufrimiento de otro.

Luchadores y defensores de los derechos humanos bregan hoy porque las atrocidades y el sufrimiento confinado en cualquier forma o manifestación padecida, no se olvide para no volver a repetirlos, anhelando que así como se narran las hazañas de los grandes acontecimientos, cualesquiera que sea, también se cuenten, se comenten y discutan por educadores y educandos estos hechos, creando y consolidando espacios, donde al interiorizarse, no se olviden, para que el nunca más no haya necesidad de volver a pronunciarlo ante los acontecimientos bélicos que aún asolan al mundo.

Los jóvenes, quizás, en algún momento de meditación e inquietud preguntarán asombrados por qué no se les ha hablado lo suficiente sobre estos hechos que la gente rechaza y repudia, y tal vez la respuesta haya que buscarla en la poca o nula información que han recibido en sus aulas, siendo posible que estos episodios se hayan esquivado u obviado en profundidad por considerarlos perturbadores, privándolos de la capacidad de entender, comprender y discernir.

Al reflexionar acerca del emblemático “Nunca más otra vez”, exhibido en la puerta de Brandeburgo en Berlín, en memoria de lo que se llamó “La noche de los cristales rotos”, pasaje indignante de la destrucción de los negocios y propiedades judías en la Segunda Guerra Mundial, su interpretación puede esconder un doble propósito: quedar bien con Dios y con el Diablo, en un acto de redención o de expiación por las víctimas y los victimarios.

Leer también: Enemigo al acecho

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