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lunes, febrero 9, 2026
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José Prado…Cuando las canciones toman la palabra

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Hay una forma de silencio que solo existe antes de la primera nota de una guitarra bajo la luna, un silencio cargado de promesas y de ese valor que solo tienen las cosas hechas a mano.

En un mundo que camina a una velocidad incontrolable, la serenata permanece como ese refugio del tiempo pausado. Es el arte de detener el tiempo para decir que alguien es lo suficientemente importante como para robarle un pedazo de su sueño. Porque al final, el amor y la amistad de verdad no se miden en segundos, sino en la paciencia con la que esperamos a que se abra una ventana y el alma empiece a cantar.

Una serenata no es solo una interpretación técnica, es cederle la voz a un cantante, poeta o a un compositor para que diga, con la precisión de un médico cirujano, lo que siente nuestro pecho. Al elegir una canción, estamos confesando que lo que escuchas es lo que siento, pero no sabía cómo expresarlo. Hoy, a través de la música, dibujo en ti, la declaración o profundización hacia el amor o amistad de años.

Al sonar bajo una ventana esas notas, se avivan recuerdos de nuestro terruño amado, convirtiendo el aire en un lenguaje que solo dos personas entienden plenamente. La música empieza donde acaba el lenguaje, decía Hoffmann, y en la serenata, esa frontera se cruza con una elegancia que el simple diálogo rara vez alcanza. La canción es un pacto de lealtad. Es el recordatorio de que, aunque el tiempo pase, hay canciones que nos unen para siempre.

En el 2026, estimados lectores, la música está a un toque de distancia; podemos enviar una lista de reproducción a través del mundo en cuestión de milisegundos, o dedicar un fragmento de video en una historia que desaparecerá en 24 horas. Es eficiente, sí, pero carece de lo más valioso que posee la serenata: el riesgo de la presencia, el susto, la adrenalina, el caer bien y, sobre todo, el acercarse a ella con la sutileza de la voz.

Mientras que un mensaje de WhatsApp es un te quiero que compite con otras mil notificaciones, la serenata en vivo tiene el quiebre de la voz, la emoción y, sobre todo, el disfrute del frío de la madrugada o el roce en vivo de los dedos del músico con las cuerdas.

La serenata te obliga a estar ahí, de pie, bajo el balcón o frente a la puerta, exponiendo tú afecto, aunque la tecnología nos facilita la conexión, la serenata es la que profundiza el vínculo. No se trata de rechazar lo moderno, estimados seguidores, sino de entender que el amor y la amistad necesitan, de vez en cuando, desconectarse de la red para conectarse con la belleza de la noche.

Añoro los momentos de recorrer mí pueblo Guama con mis amigos Lorenzo López o Lockard Sánchez, hoy en el cielo; gracias por enseñarnos ese contacto con nuestros verdaderos amores y amigos. Qué tiempos aquellos.

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