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martes, febrero 3, 2026
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José Prado…Distinción Félix Gilberto Antolínez Ayestarán, corazón latente de la Uney

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Frecuentemente, cuando pensamos en una institución como la universidad, la mente dibuja imágenes de bibliotecas silenciosas, aulas, oficinas y laboratorios de vanguardia. Sin embargo, el verdadero motor de una institución de educación superior no es su infraestructura, sino el capital humano y sus ciudadanos. Por ello, la distinción al personal no es un simple acto de protocolo; es el ejercicio de gratitud más vital de la academia.

Distinguir a un trabajador, sea docente, administrativo, de servicios o un ciudadano en particular, es validar su trayectoria y su compromiso. En el sistema universitario, cada pieza es fundamental para la transmisión de conocimientos y la formación de ciudadanos críticos.

Cuando una institución reconoce públicamente la labor de sus integrantes, genera un efecto dominó; el trabajador deja de sentirse un simple número para convertirse en un protagonista de la historia institucional. La distinción establece un estándar de hacer las cosas bien, inspirando a las nuevas generaciones a buscar lo mejor para ella.

En la era de la automatización, celebrar la dedicación humana es un recordatorio de que los valores y la ética siguen siendo nuestra ventaja competitiva. La distinción “Gilberto Antolínez Ayestarán”, en el marco del 27 aniversario de la Uney, representa mucho más que la excelencia académica y ciudadana; es el tributo a la resiliencia, al amor y el trabajo por la institución.

En tiempos de desafíos, Eduardo José Tovar, caricaturista; el Dr. Juan Manuel Parada Serrano, autoridad única de Cultura del estado Yaracuy; el Dr. José Rafael Prado Pérez, director de Investigación y Postgrado y presidente de Fundauney; Jaco Francisco Gómez Blanco, docente, así como el profesor Leobardo Zerpa, orador de orden y personal homenajeado, todos han demostrado que el compromiso con la formación de la juventud y ciudadanía yaracuyana es inquebrantable. Honrar sus trayectorias es honrar la permanencia de la universidad misma.

El acto de entrega de esta distinción no marca el final de una etapa, sino la renovación de un pacto entre la institución y la sociedad yaracuyana. Al celebrar la trayectoria de hombres y mujeres que han entregado momentos y sitiales a la Uney, son ejemplos silenciosos y constantes de su gente.

Hoy, quienes reciben este reconocimiento, llevan consigo la esencia de un epónimo que creyó en el poder transformador de la educación. Que este homenaje sirva de motivación para seguir construyendo, con ética y pasión, la universidad de vanguardia que Yaracuy merece. Porque al final del día, la Uney es, y siempre será, el reflejo del alma de quienes la habitan. Felicidades.

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