Nuestra línea San Miguel, qué grande fue para mí por la cantidad de amigos; ella es mi razón de ser. Querida por tanta gente, en la burrita viajaba todo el mundo alegre; andaba por las calles y avenidas, les daba la bienvenida de la forma más cordial; por eso llegó a ser famosa la burrita de Tartagal.
Los niños de aquel entonces, hoy día son profesionales, me brindan afecto y cariño en estos lustros finales con muchísimos elogios a través de las redes sociales. Gracias y mi agradecimiento eterno; aprovecho para enviarles bendiciones para todos en sus diferentes lugares.
Arrancamos, seguimos, nos vamos para no llegar tan tarde a casa; unos a su destino, en que les toca quedarse, la mayoría a sus trabajos, los estudiantes a sus clases. Viajar en la burrita era como un show rodante con cuentos, canciones y chistes, sin descuidar el volante. Gracias a Dios todo el tiempo; jamás me canso de darlas, por esa facilidad en que pude comportarme.
Todos pagaban contentos, sin nada que reprocharme, con anécdotas como estas que hoy tengo que contarles: “Señor, ¿me deja?”, “Señora, ¿y qué le estoy haciendo yo?”, “pues me quedo en la parada”, “está bien” oigo, y se paró la burrita; al bajar la pasajera dándome las gracias, le respondía: “A la orden, señora. Y que Dios me la lleve con bien”.
Ahora voy con la parte amarga como experiencia vivida. Taxista, un excompañero ya fallecido de nombre Eustaquio, llega quejándose, bufiando después de una fuerte discusión con un pasajero, y nos cuenta de esta manera: “No, hombre, ¿cuándo me ganaré un premio pa’ no seguir peleando con la gente?”.
Yo, que estaba escuchando su narrativa, quise calmarlo con un chiste, y le dije: “Señor Moreno, lo que tiene que hacer es no cobrarles a los pasajeros para que no peleen tanto con usted”. De inmediato me pegó la mano abierta en la frente y me dijo: “No, hombre, será que usted es rico e’ cuna o le regalan los repuestos, la gasolina y los cauchos”. Cuando se apaciguó le dije: “Disculpe amigo, lo que le quise decir es que ellos pagan sin necesidad de cobrarles”.
En otro capítulo pasó esto: una dama subió en la Avenida La Paz, se gastaba un cuerpo, sin exagerar, como unos ciento ochenta kilos, y como uno noventa de estatura; frente al República de Nicaragua me dice: “Me deja al cruzar”, y le contesto como acostumbraba para dejar a los pasajeros: “Ay so, ay so, se paró la burra de Tartagal”.
La doña pensó que era metiéndome con ella, y me dice: “Burra será su abuela, ño’ viejo falta de respeto”, le dije: “Disculpe, señora, no es con usted”, “no me diga señora”, “señorita, pues”, “tampoco, ese no es su problema de lo que yo sea”. Como se me dañó el día, me fui a almorzar para controlarme.
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