Para todos mis colegas, en cuanto a la larga duración, esto va como consejo, mejor dicho, reflexión, que no hay que comerse la coba, que aún estamos pichón y que tenemos que admitir que estamos en transición; en una etapa vencida de mucha complicación; como ejemplo, citaré algo que me ocurrió en el solar de mi casa.
El 6 de septiembre, apenas un día después de la celebración de mis 82 primaveras, sufrí un accidente, gracias a Dios de muy leve complicación. Resulta que en ese momento había un sol que quemaba y, por supuesto, dentro de la casa un gran vaporón. Llevé mi hamaca a la sombra de un mamón, sin darme cuenta de que uno de los colgaderos estaba medio malucón.
A los cinco minutos, más o menos, de haberme acostado, se reventó el condenado, y me llevé esa gran caída; y un nieto que se encontraba cerca dijo al momento “se cayó un pendejo, naguara, a buen batión”.
Entre él y su mamá trataron de levantarme para llevarme a la cama, y preferí quedarme en el suelo pasando el dolor, a la vez que recordaba que, de vez en cuando y de cuando en vez, es necesario recibir esos golpecitos técnicos para que no se nos olvide que nuestra transición ya es de la ancianidad a regresar de nuevo a la niñez, donde el cuido es inminente y necesario por los nuestros, y más por nosotros mismos, sobre todo de las caídas, porque los huesos se convierten como galleta de soda sin pegar; después los cirujanos deciden colocarles clavos después de viejo.
En un orden diferente, les haré una narración de un caso que viví en carne propia, cuando por primera vez volé en un avión de Barinas a Maiquetía en busca de mis prestaciones de 14 años de servicios en el Ministerio de Sanidad (Acueductos rurales), era la división; por problemas de salud no viajé por tierra y me fui en dicho avión, un DC-9 de Aeropostal con lujosos asientos y una aeromoza toda un bombón.
Me tocó sentarme muy cerca del ala derecha y se veía completica la turbina, y producía ese coroto unas chispas en su rotación. Por coincidencias de la vida viajaba Manuel Ventura Álvarez, quien ocupó la Gobernación de ese estado llanero de grata recordación, y dicho personaje, sentado muy cerca de mí, me pregunta: “¿Qué le pasa, amigo, lo veo como asustado y con preocupación?
Sí, es que miro unas chispas en ese coroto pegado en el ala, y como me han contado que el combustible de los aviones lo cargan en las alas, eso es lo que me preocupa y temo a una explosión.
De nuevo intervino y me dijo: “No se preocupe, amigo, esa es una chispa muerta, inofensiva que se produce entre los campos y el inducido que no significa ningún peligro”. Con eso me tranquilizó; ya había decidido quedarme en Acarigua, donde hizo escala para recoger unos pasajeros, y como me bajaron como dos corozos de mi garganta, seguí felizmente en mi vuelo.
Continuo con este cuento que comenzó el siete de septiembre de 2025. Resulta que en ese mismo vuelo iba un grupo de músicos y cantantes de Barinas y Apure que estaban grabando en Caracas, entre ellos Luis Martínez, arpista; Juan Farfán, (“Burro pollino”) maraquero y Roque Martínez, cuatrista. Los cantantes eran Víctor Brizuela, Pedro Castillo, Antonio Castillo, el “Tigre de la Nietera” y Jesús Quintero, el “Tigre de Mata Negra”.
El último en nombrar, que con su espíritu burlón, cuando me notó pálido y asustado por las chispas que noté en la turbina del avión, comentó con su humor criollito, becerria’o por la nariz, lo siguiente al resto del grupo, “pero pija, cámara, ¿de dónde salió este vena’o que viene todo asusta’o?”.
Todos se carcajearon, y estuve a punto de quedarme en Guanare, donde hizo escala para recoger unos pasajeros, fue cuando le dije a una joven aeromoza para hacerlos reír: “muñeca, dígale al chofer que me deje en esta parada de Guanare, que me voy en un carrito”, de inmediato se me acercó el cuatrista Roque Martínez y me dice: “siga tranquilo, amigo, va a perder su plata del pasaje”. Me convenció y disfruté completico el viaje.
Al regresar a Barinas, ese mismo conjunto me lo consigo actuando en Radio Barinas, el dueño del programa Fiesta Llanera les dice: “muchachos, acompañen a este señor de Yaracuy a ver qué tal lo hace”. Por suerte les cayó bien mi actuación, y se convirtieron en mis grandes amigos; ya muchos de ellos están fallecidos.
Esta vez fue en la casa del folklorista en la Calle Bolívar que se me acercó de nuevo el burlón. Cuando me vio cantando al lado de Juan de los Santos Contreras, Luis Lozada “El Cubiro”, Antonio Castillo, Rafael Moreno “El Pariaguanero”, cuando terminé de actuar le tocaba el turno a Jesús Quintero. Al recibir el micrófono de mis manos, lo primero que dijo fue: “pija, cámara, lo felicito, yo he visto su cara en alguna parte, ah, ya me acordé, usted fue el que se chorrió en el avión”, y le respondí: “ yo mismito soy, y usted el mismo espíritu burlón”. Nos dimos la mano y fue uno de mis mejores amigos en la ciudad de Barinas.
Y de esa misma forma fueron el maestro Anselmo López y su bandola, con ese mismo instrumento el señor Camilo Herrera y Ángel Solís, padre del “Carraito de Barinas”, poetas y declamadores Luis Martínez Santana, Jesús Pulido Lara, Luis “Lucho” García, el “Comisario del Verso”; arpista Carlos López, Wilfredo Cabrera y José Archila.
Cantantes Damaris González, Antonia y Betzaida Volcán, Carmen Latife Barrios, Nellys Martínez, la “Estrellita de Barinas”; cantantes y copleros los hermanos Brizuela, “El Carrao de Palmarito Pedro Pica, Pedro Franco, Ítalo Morales, Luis Ortega, Ángel Custodio Frías, Pedro Aguirre y Basilio Salgado, entre otros.
Los domingos nos escuchaban por Radio Barinas, 1.400, y por Continental, con los animadores Antonio Barrios Villalba, Julio Tirado y Rafael Moreno, entre otros, y no les nombro más porque no tengo más espacio.
Leer también: Apellidos que existen




