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viernes, agosto 29, 2025
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Raimond Gutiérrez…Rafael Caldera por Cimarrón Andresote

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El uso tergiversado de la historia para fines segados no es cosa nueva. La construcción interesada, generalmente falsa, de relatos sobre el pasado para uso de una facción partidista, enmarcando convenientemente sus interpretaciones al presente para lograr adeptos, se ha pretendido justificar porque “convence” sobre los padecimientos de determinada clase social, el pedigrí democrático de una opción política o los derechos de un determinado colectivo. Con ello, los variados usos sectarios de la historia suelen dividirse entre aquellos que pretenden generar consenso y aquellos que pretenden contribuir a dar sentido a los conflictos. Es -con todo- la manipulación histórica.

Son diversas las formas de manipular la historia, algunas de ellas son: la creación de mitos fundacionales, la censura y supresión de la memoria, la reinterpretación de eventos, la cancelación histórica contemporánea; en fin, se trata de un fenómeno complejo y multifacético que busca influir en el presente a través de la reescritura del pasado, buscando de perpetuarse como una poderosa herramienta de control social.

En un artículo del historiador y catedrático de la Universidad Autónoma de Barcelona (España) Borja de Riquer i Permanyer, publicado en 2005, intitulado “El uso político de la historia”, arguye: “…Pienso que deberíamos esforzarnos mucho más en divulgar una historia crítica que ayudase a entender la real naturaleza de los actuales debates (…), a ser más exigentes y rigurosos ante la complejidad de los procesos históricos y a no manipular y esquematizar de forma interesada la historia”.

Uno de esos hechos de nuestra historia, ocurridos en el siglo 18, entre 1730 y 1732, que se ha tergiversado y querido cambiar -sin lograrlo, afortunadamente- es el relacionado con Juan Andrés López del Rosario, más conocido por su apodo “Cimarrón Andresote”. Que poco se hable sobre ese asunto, que no se haya debatido suficiente sobre ese tema, que se haya mantenido silente, en absoluto significa que ese efugio haya sido aceptado, que haya quedado para siempre en nuestra memoria y -mucho menos- que se haya efectivamente cambiado la realidad pasada.

Analicemos los hechos verdaderamente ciertos: Cimarrón Andresote -originario de los alrededores de la Nueva Valencia del Rey (hoy Valencia, estado Carabobo)- era un esclavo de una plantación de Yagua (actual municipio Guacara de esa entidad federal), que -fugado de su dueño- se dedicó al contrabando de cacao y tabaco con los holandeses de Curazao, que cargaban y descargaban entre las bocas de los ríos Yaracuy y Aroa; cuyos productos entonces se comercializaban a mejores precios en Amberes (Bélgica) y en Ámsterdam (Países Bajos) que en los puertos españoles de Cádiz y Guipúzcoa; y en cuyas refriegas cometió toda clase de tropelías.

Sus actividades nunca tuvieron ribetes, ni libertarios ni independentistas: sus intereses eran meramente económicos, puramente mercantiles, su rebelión fue por el dinero o por los “cobres”, en el decir marabino.

Fue, entonces, el contrabando su única y “mejor” carta de presentación: en 1730 encabezó una revuelta en las tierras del Valle del Yaracuy (actual municipio Veroes del estado Yaracuy) -en aquel tiempo pertenecientes a la jurisdicción de la ciudad de Nueva Segovia de Barquisimeto- junto a otros esclavos y negros libres asentados en los quilombos locales.

Para ello tuvo el apoyo de algunos hacendados criollos ansiosos de más ganancias, así como de contrabandistas holandeses, quienes les proveyeron mosquetes, pólvora y municiones. Sus ejecutorias no tenían la intención de romper lazos políticos con la corona española, ni de liberar a la Provincia de Venezuela, sino hacerse de dinero desafiando el excesivo control de la Real Compañía Guipuzcoana que, durante 1728 a 1785, monopolizaba el comercio entre Venezuela y España.

El zambo no tuvo ideales concretos y sus intereses no pueden considerarse como patrióticos; fue solo su osadía, rudeza y combatividad dedicadas al contrabando, lo que le dio fama, pero nunca prestigio.

En ese contexto, el académico e individuo de número de nuestra Academia Nacional de la Historia, Carlos Felice Cardot (1913-1986), en su discurso de incorporación del 24 de septiembre de 1952, expresó: “…Andresote es un típico ejemplo del hombre sin mentalidad definida, y en cierto modo dirigido y amparado por otros. (…). A Andresote se le acusaba no solo de contrabandista, sino también de salteador, traidor y homicida”.

Decir que Cimarrón Andresote fue el primer venezolano libertario; el pretender siquiera equiparar sus refriegas motivadas por contrabando -robos y asesinatos de por medio- con los movimientos independentistas precursores de Manuel Gual (1759-1800) y José María España (1762-1799) o con cualquiera otros, es un sinsentido, una blasfemia histórica, que -a pesar de que han pasado un poco más de los 15 años desde que se le cambió el nombre a la Autopista Centrooccidental- no ha tenido, no tiene ni tendrá arraigo en el ideario histórico nuestro americano.

Por ello, es que no hay ni un solo historiador contemporáneo -que se le considere serio y connotado- que contraríe cuanto hemos afirmado antes. En ese sentido, nos dimos a la tarea de consultar las obras de: Pedro Manuel Arcaya, Agustín Blanco Muñoz, Mario Briceño Iragorry, Manuel Caballero, Germán Carrera Damas, Simón Alberto Consalvi, Juan Bautista Fuenmayor, José Gil Fortoul, Horacio Cabrera Sifontes, Vicente Lecuna, Guillermo Morón, Jorge Olavarría, Isaac Pardo, Caracciolo Parra León, Caracciolo Parra Pérez, Tomás Polanco Alcántara, Arístides Rojas, José León Tapia, Bartolomé Tavera Acosta, Felipe Tejera, Diego Bautista Urbaneja, Ramón J. Velásquez y Laureano Vallenilla Lanz; y ninguno de ellos refiere, ni siquiera a título de insinuación, que los actos de Andresote se consideren gesta libertaria o independentista venezolana alguna.

Y es que ello es inconmensurablemente así, porque el que hayan sido en contra del imperio español: del rey Felipe V de España (que reinó de 1700 a 1746), de la Real Compañía Guipuzcoana de Caracas o del entonces gobernador y capitán general de la Provincia de Venezuela Sebastián García de La Torre, en absoluto significa que fuesen ácratas o patrios.

Por lo demás, es bueno que se recuerde una encuesta realizada en 2014, en los estados Carabobo, Cojedes, Lara y Yaracuy por OCR Consultores, cuyo resultado estadístico reflejó que en la conciencia colectiva del venezolano común, esa importante arteria vial sigue llamándose “Rafael Caldera”.

Sobre el yaracuyano Rafael Antonio Caldera Rodríguez (1916-2009), familiarmente apodado “Toño”, de indudable significación contemporánea, abismalmente antagónica al primeramente mentado, diremos muy poco, pues sus ejecutorias -como resulta lógico- son mucho más conocidas.

El distinguido jurista, profesor universitario de sociología jurídica, redactor de nuestra primera Ley del Trabajo, diputado, presidente de Venezuela por dos períodos y senador vitalicio por mandato constitucional; natural de la calle Real o Bolívar (hoy 5ta avenida o Avenida Libertador) de San Felipe; hijo de los sanfelipeños Tomás Caldera Izaguirre y Rosa Rodríguez Rivero, e hijo adoptivo (por el prematuro deceso de su madre en 1918) de su tía María Eva Rodríguez Rivero y de su tío político Plácido Daniel Lizcano.

Fue precisamente el primer impulsor de esa obra vial en su tramo inicial Barquisimeto-Yaritagua (cuyo proyecto original consistía de Carora a Puerto Cabello), que a más de medio siglo después sigue siendo muy útil y una de las más importantes del país.

Además, el Central Azucarero Río Yaracuy, los Silos de Urachiche, el Plan de Desarrollo Integral de los Valles de Aroa, las represas de Cumaripa, Guaremal y Cabuy, fueron importantes construcciones de infraestructura regional de su primer gobierno.

Luego siguieron: el Plan de Desarrollo Urbano de San Felipe-Cocorote, la zona deportiva de San Felipe, el Parque San Felipe El Fuerte, el Parque Leonor Bernabó, la modernización de la Plaza Bolívar, la construcción de la Catedral Metropolitana, la Zona Industrial de San Felipe, el Ciepe, el primer tramo de la Avenida Libertador, la Avenida Intercomunal José Antonio Páez, prolongación de la Avenida Cedeño, entre otras, son todas construidas en sus dos gestiones de gobierno.

En conclusión, para realizar una generalización empírica y comprobar la hipótesis de cómo ha de nombrarse la autopista en referencia, solo habría que aplicar a lo aquí dicho el Método de Investigación Comparativo. Así que, bien puedan cotejar sistemáticamente ustedes, distinguidos lectores de este rotativo Yaracuy al Día. Les prevengo que se toparán con una verdad absoluta: “Al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios”, (Mateo 22:21).

Leer también: Los corsos en Venezuela

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